Capítulo 1: ADRIANA (África)

PRIMERA PARTE (Época Asceta)

¿Y si me busco, me encuentro?

Creí que era una aventura y en realidad era la vida 

Joseph Conrad(1857-1924) 

La primera vez que vi a Elewa, no reparé en él. Se quedó muy quieto delante del camión que nos iba a transportar por esas tierras, con la mirada al suelo y ayudándonos a subir a todos, con su cálida y tímida mano. No me gustó esa primera sensación, algo húmeda, sin peso, que quiso deslizarse entre mis dedos para empujarme a subir, aunque sólo me rozó, produciéndome desgana. Intenté mirarle a los ojos, porque mi cuerpo percibió una lejana conexión. Pero él, los mantenía fijos en el pardo suelo y yo volví a concentrarme en la emoción que me bullía por dentro en busca de aventuras

No volví a pensar en él, me quedé fascinada por el paisaje hasta llegar al hotel y por la emocionante charla del guía, un hippy español que había recalado en África creyendo que iba a poder participar en un bien mayor para la humanidad. Pero lo único que había conseguido era participar de esa decadencia del país, ayudando a arañarlo con la presencia de turistas en todos sus rincones. Durante las tres semanas de peregrinación por esas tierras leonadas, sólo le vi ducharse dos veces, alegando que si se iba a ensuciar de polvo cada día, no merecía la pena ducharse una y otra vez.

Aunque de forma más espiritual, era lo mismo que me había estado sucediendo a mí todos estos años, que no me limpiaba para quitarme el polvo mental y así poder regocijarme con mi masoquismo. Creyéndome que de esta manera, me evitaría alguna dosis de sufrimiento extra, sin reparar en que las capas se iban una y otra vez posando y que la falta de limpieza en mis emociones, iba produciendo una costra difícil de hacer desaparecer.

Tampoco pude evitar en todo el trayecto observar a todos los personajes de esta expedición. Intenté buscar algo de sintonía con alguno, porque me daba pánico pensar que iba a estar tantos días sin una conexión dependiente con alguien. Sin sentir que, al menos, me ayudarían a marcar el punto de salida. Estaba aterrada, bloqueada y especialmente profunda.

No éramos un grupo demasiado grande y tampoco había resultado ser de “solteros” como rezaba en la publicidad, seríamos unos quince y tan heterogéneos que se me hacía difícil predecir qué tipo de equipo haríamos.

Verme entre tanta gente diferente, me hizo sentirme incómodamente placentera. Salir de mi zona de confort era el primer paso para avanzar e intentar adaptarme a todo lo nuevo que había llegado en cuclillas a mi vida.

Había dos matrimonios que se percibía que llevaban muchos años juntos y que seguramente habían elegido esta experiencia porque la llamada de los folletos sobre el mutismo interior que producía el viaje, el brebaje de sensaciones íntimas y sobre todo el recorrido silencioso de los ancestros africanos, parecía asegurarles no tener que conversar mucho entre ellos. Eso, tristemente, les reconfortaba, igual que a mí durante tanto tiempo.

Miraba a las dos mujeres que, sin conocerse, se parecían considerablemente. Avejentadas por la tristeza, decaídas por el aburrimiento y algo expectantes por la aventura, que las hubiera gustado poder compartir con otros maridos. Ellos conectaron enseguida, quizás porque de esa forma sería más cómodo el periplo, no tendrían que soportar en silencio el camino, pudiendo hacer alguna broma de “hombres” que tuviera buena acogida, sintiendo, también, algo de liberación en sus monótonas vidas.

La pareja de Galicia, jovencísimos, nunca había salido de España y se decidieron por esta expedición porque les pareció una aventura difícil de superar como luna de miel. Deseaban tener muchos hijos y pronto, por lo que habían acordado hacer, al menos, cinco viajes importantes antes de ello y cuyo destino sería cada uno de los cinco continentes, casándose por algún tipo de rito de los diferentes lugares. En este continente tendrían una boda africana, ya organizada, en un poblado Masai que estaba en la ruta. En EEUU, se casarían en Las Vegas disfrazados de Elvis Presley y de Marilyn. En Asia, harían una boda balinesa, de esas que les ha dado a las celebritiespor hacer últimamente. Y en Oceanía, habían pensado celebrarla en una tribu maorí, con un baile Haka incluido. Se les veía felices, no porque acabaran de casarse, sino porque se complementaban, se admiraban y sus miradas eran de profundo amor.

Sinceramente, creo que fueron los que más disfrutaron de estos días, no tanto por la intimidad de las noches en las tiendas de campaña, sino más bien, por compartir las jornadas con todos nosotros. Y eso que, aunque éramos más mayores, estábamos más perdidos en nuestras vidas, unas muy diseñadas, otras con garabatos y las menos con borrones. Ellos percibían que aportaban cohesión al grupo, con sus bromas, su optimismo, con su simpleza al mirar la vida, con sus historias de estudiantes y esencialmente por esa brizna de frescura que te da la juventud.

No volví a tener contacto con ellos después, pero realmente fueron los que más me aportaron durante esos días. Compartieron conmigo una mirada diferente a lo que nos rodea y un regusto por gozar cada día. Cuando me fustigo por mi rutina diaria, intento recordarlos para que se me pase el bajón.

Había otra pareja, que en un principio pensamos que eran compañeros de trabajo, y sin embargo, luego pudimos saber que eran “folla amigos”, como ellos se autodenominaban. A mí esa expresión siempre me había parecido muy vulgar, pero, por lo que pude comprobar, no es sólo un fenómeno muy extendido hoy en día, sino que, además, la nomenclatura utilizada es bastante descriptiva y completamente cierta; en el fondo son amigos sin derecho a emociones. El caso es que se enfadaban durante el día, así que ella se venía con las chicas y él se marchaba con los chicos, reconciliándose por la noche durante las hogueras nocturnas, para poder dar rienda suelta a sus necesidades sexuales. A mí, me resultaba duro oír los gemidos de placer y palabras susurrantes que me hacían recordar mis primeros años con Rodrigo.

Ahora, me daba cuenta que le echaba terriblemente de menos. No me creía con fuerzas de continuar mi vida sin sus consejos, lo tenía todo tan claro, yo no le hacía feliz, eso también lo vio cristalino y decidió dejarme cuando encontró la perfecta sustituta en su trabajo, una chica mucho más joven, independiente e inteligente. No pensó tampoco en Jimena. La chica era responsable de marketing, con una carrera meteórica por delante, joven promesa y que evidentemente, cambió las tornas. Rodrigo siempre hacía lo que ella quería. Si lo miraba por el lado positivo, si seguía con ella, sufriría el resto de sus días su propia medicina, ser la marioneta de otra persona.

A los seis meses de salir juntos, poniéndome los cuernos, se quedó embarazada y le dijo que por nada del mundo ella vería afectada su carrera profesional por un hijo, porque era de ambos y ser padre era tan importante como ser madre. Ella alegó que como Rodrigo ya gozaba de mucho prestigio y tenía un puesto consolidado, sería él quién asumiría el rol del cuidado del hijo que iban a tener juntos. No estaba negociando, o aceptaba o lo abandonaba. A lo que él, pobre infeliz, estaba tan enamorado, porque ella era tan diferente a mí, que cedió en todo. Incluso pidió la baja de paternidad por un par de meses. Eso me rompió el corazón, pero me abrió el alma. Así que al final ganamos todos.

Tardé mucho tiempo en comprender lo que había sucedido. Intenté averiguar cuándo me había dejado de amar Rodrigo. Al repasar una y otra vez nuestro matrimonio, al final logré confirmar lo que en el fondo siempre había sabido, nunca estuvo enamorado, adoraba mi dependencia de él y fundamentalmente su primacía sobre mí.

Aunque el viaje era en principio de singles,la agencia omitió que no era exclusivo para solteros, sino que era un viaje diseñado simplemente para aquellos que quisieran viajar de una forma más natural, más cercana al país. Por lo que, al final, sólo éramos dos las que realmente viajábamos con ese formato de singles. Mi otra compañera, a la que habían puesto conmigo compartiendo tienda de campaña, era una recién divorciada, directiva de una multinacional, guapísima, sexy y sin ningún tabú, que había encontrado una liberación en el divorcio. Aunque se la veía tremendamente inteligente y culta, me hacía gracia como hablaba, lo banalizaba todo, lo relacionaba siempre con el sexo o con cosas escatológicas. Se reía constantemente de todo lo que sucedía a su alrededor, fuera gracioso o no. Rebosaba positivismo, para mi gusto, todo en ella era algo excesivo. Apenas dormía y escribía listas para todo.Hacia gracias e intentaba ligar con todos, chicos y chicas. Lo más asombroso es que la primera vez que le pregunté cómo se llamaba me espetó:

– “Yo soy Mesalina Divina y he venido para hacerte el viaje más ameno”-

Luego sonrió y me guiñó un ojo. Lo que en cualquier otra persona hubiera parecido vulgar,  en ella, era un “alias” de lo más apropiado y exento de prejuicios. Realmente era muy divertida y me hizo, además de pasar vergüenza por sus exabruptos, disfrutar de muchos momentos graciosos. A veces, no supe estar a la altura y sólo llegaba a sonreír, pero al resto del grupo le producía sonoras risas contagiosas. El guía estaba loco por ella, pero percibí que, aunque él fuera el último hombre de la tierra, no se le podría ni acercar. Creo que le producía repelús, esos pelos rasta, la falta de higiene y la forma de ver el mundo.

Luego, había un grupo de cinco amigos, dos chicos y tres chicas, que venían de Las Islas Canarias, que convirtieron el recorrido en algo más calmado. Lo ralentizaron con su fofo ritmo y nos hicieron gozar al armonizarnos con su paso, pudiendo degustar todo de una forma más pausada.

Ellas eran compañeras de trabajo, alrededor de los cuarenta, sin hijos y con varios fracasos amorosos detrás, pero con una vitalidad y un optimismo que a mí me sorprendía. Viajaban mucho y cada vez más lejos, buscando emociones que no lograban encontrar en su querida Canarias. Eran divertidísimas y alegres, cada noche se disfrazaban con cualquier cosa para montarnos un show. Bebían cerveza sin parar y hablaban pestes de los hombres.

No eran “solteras”, incluso las ofendía esa definición. Ellas habían elegido estar sin pareja fija y eso me fascinó, y en cuanto a los hijos , no los necesitaban en su vida, tenían sobrinos. Uno de los días me dijeron que ellas eran “PANKS1 (Professional Aunts with No Kids( Profesionales que son tías y no tienen hijos)Aunque asentí e incluso eché una sonrisa cómplice, tuve que mirar en internet lo que significaba aquel acrónimo inglés y me encantó la descripción: “Mujeres independientes con dinero que disfrutan de los sobrinos y tienen muchas ganas de gastar”.

Ninguna era especialmente guapa, pero cada una tenía algo único y misterioso, sobre todo sus risas y sonrisas amenizaban los días y aún más las noches. Eran incombustibles. En cada viaje solían invitar a otros amigos o amigas que se atrevieran a partir con ellas en cada nueva andanza. Esta vez dos valientes se habían atrevido.                                                    

El más alto y guapo era claramente homosexual, así que, si ya era complicado entre tanta pareja encontrar alguna historia de amor de esas que fuera efímera, pero que te diera cierta esperanza, con el elenco de viajantes sería definitivamente complicadísimo. Era muy tímido y tenía una mirada preciosa, contenida y muchas veces perdida, quizás como la mía. Creo que apostó a venir para olvidar algún cuerpo amado que le había hecho mucho daño. Arrastraba un pesimismo dulzón sin mucha elegancia, que producía cierto mimo en el grupo. Un rostro afligido, siempre ayuda a la compasión instantánea, por el miedo a que se impregne y luego sea difícil sacarlo .

El compañero era un tipo bajito y regordete, de unos cincuenta años, sin pizca de gracia, que poco a poco nos fue mostrando su ladina forma de ver las cosas y su desidia al vivirlas.

Por lo que pudimos saber, su novia de toda la vida, al enterarse que la había dejado embarazada, le abandonó y se fue a vivir a Argentina para gozar de un eterno amor junto al que había sido el socorrista de la piscina de su urbanización, un chico quince años más joven que llegó a España y para ganarse algún dinerillo aceptó todo tipo de trabajos temporales. Con la canícula veraniega, ella que estaba algo tierna, se dejó conquistar y amar por otro.

Lo cruel de su destino es que aunque llevaban años intentándolo, no habían podido quedarse embarazados, ni siquiera con tortuosos tratamientos de inseminación. Pero quizás con esa lívido desaforada, ese encuentro tan erótico de su cuerpo, ella se quedó embarazada. El problema fue que no había manera de saber si era del pipiolo o de su aburrido novio de siempre. Así que debió pensar que el joven marino filósofo (que fue lo que a ella le debió parecer el triste socorrista de piscina de barrio) era mejor partido que el tedioso novio perenne. Cogió las maletas y se fue a hacer las Américas. Poco tiempo después, el amargado novio se enteró de que el hijo era suyo, porque ella  sí que no tuvo ninguna duda al ver la carita de la criatura al nacer. El mal estaba hecho. Aguantó unos meses con el púber porteño, aunque más bien, fue él quien soportó un tiempo más. No obstante, estaba claro, que al final tomaría la valiente decisión de abandonarla en un país que no era el suyo, aún después de haber estado estoicamente a su lado durante todo el hormonado embarazo. No sólo por su juventud, sino más bien, al saberse que no era el padre del bebé.

Ella estuvo a punto de retornar a España para volver con él. Sería la opción más cómoda. Elegía lo malo conocido, que al menos era constante y muy aburrido, a la soledad en una tierra lejana y sin amor. Sin embargo, no volvió jamás, aunque le hizo muchas promesas. Por lo tanto, él decidió combatir su apatía conociendo nuevos lugares, porque las mujeres, claramente, se le daban mal.

A pesar de su triste historia, no conseguí que me produjera ternura alguna y no me cayó nada bien. Así que, siendo el único hombre “libre”, lo tenía muy crudo, por la grima que me producía. Estaba claro que sólo me serviría todo esto para purificarme y comenzar una nueva etapa en mi vida, en la que simplemente tuviera que elegir si sería patética, como hasta ahora, o algo más motivadora.

Una y otra vez recuerdo con intensidad ese viaje a África, lo hice justo después del divorcio, nunca había viajado sola y me daba mucho miedo hacer cosas por mi cuenta. Organizarlo sólo para mí, porque, aunque con Rodrigo asiduamente era yo quien hacía la agenda, siempre lo hacía pensando en sus necesidades, anhelos y deseos, pero nunca en los míos. Por eso me dio tanto vértigo este primer paso, pensando en mí, rompiendo muchas barreras mentales. Incluso estuve a punto de anularlo, porque el miedo me paralizó, sin embargo tuve la convicción que conocería y viviría una bonita historia de amor en la sabana africana.

 No viví esa tórrida pasión, pero fue exactamente en ese momento en el que empecé a conocerme, me adentré en las profundidades de mi interior, mientras penetraba esos maravillosos paisajes. Jamás podré realmente agradecer lo suficiente las consecuencias que me trajo esa decisión.

 

 

 

2 comentarios sobre “Capítulo 1: ADRIANA (África)

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