Archivos Mensuales: mayo 2020

SEGUNDA PARTE: Capítulo 11: ADRIANA “He conocido a alguien”

Me he dado cuenta que es verdad que el “destino no es lo que te va a pasar, sino lo que tú quieres que te suceda”. Cuando era niña, como era muy enfermiza, mis padres, por prescripción médica, me llevaban todos los años de vacaciones, quince días al mar y quince días a la montaña. Alternando las cálidas brisas marinas, con el reconstituyente céfiro de la sierra. Según fui llegando a la pubertad, cada vez que nos íbamos, soñaba con poder tener ese verano un apasionado amor, con el que pudiera pasear por la playa, con nuestros cuerpos bronceados y llenos de deseos, pasarme las noches de fiesta y luego ver el alborear. Pero era tan tímida y reservada que nunca disfruté de una historia así.
Sufrí durante mucho tiempo una vacuidad emocional que fue adelgazando mis sentimientos, estaba obsesionada por cumplir con la dieta de la reducción de cosas que me ofrecía la vida. Perdí kilos de amor y cariño, me quedé sin fuerzas, porque no me alimentaba con motivación. Flaca mentalmente y con amargura crónica. Lacerada mi empatía y ahogado mi entusiasmo. Un desastre.
Empezaba a estar hastiada de tanta podredumbre interior, de la eterna melancolía de la tristeza y de la profunda compasión que sentía por mí misma.
La actitud hacia las cosas las convierte en algo diferente, por lo que ahora poco a poco notaba que no esperaba únicamente a que algo sucediera, sino que realmente iba deseando que me ocurrieran cosas. Estaba preparada para dejar entrar en mi mundo plomizo más personas, que ayudaran a colorearlo con emociones nuevas.
Y así fue, desde el instante que abrí mi pecho para respirar mejor la vida. Todo empezó a cambiar. De repente, llegó la primavera, no sólo la estación sino incluso a mi corazón. Empezaba a estar más animada. Bullían dentro de mí, sentimientos diferentes, atrevidos, viscerales. Al pestañear mi pasado, barrí el polvo de mis ojos, que me anclaba a las penas pasadas y pude percibir con claridad lo nuevo que llegaba.
Me atreví incluso a darme de alta en redes sociales, con la firme convicción de que me haría bien averiguar cómo le iba a todas aquellas personas que alguna vez se cruzaron en mi camino, aunque como aún sentía vergüenza de lo que había sido de mí estos años, abrí una cuenta secreta para poder conocer los destinos de todos aquellos que alguna vez me topé, pero sin ninguna gana de que ellos fueran conocedores del mío.
Por lo que pude comprobar, físicamente el tiempo no me había tratado mal, en comparación con muchos de ellos y ellas, pero en ese momento no era nada de lo que pudiera sentirme mínimamente orgullosa. Todas esas personas del pasado, habían hecho algo con sus vidas, se habían convertido en mayor o menor medida en adultos y muchos de ellos parecían haber disfrutado de afortunadas experiencias vitales. La diferencia era que ellos habían avanzado de una forma u otra y yo, por el contrario, había involucionado. No cumplí ninguno de mis sueños. No puse en marcha nada de lo que me había propuesto, no por holgazanería, sino por dejarme llevar siempre por criterios de otros, por ejemplo mis padres, que fueron tremendamente protectores, o mi marido que siempre pensó que era de su propiedad, o de mis amigas que me veían demasiado atribulada para poder alcanzar el éxito en lo que yo deseara. Tantas personas que me decían que no podía, no quería o no era el momento, me anularon por completo, fueron borrando partes de mí como un mal bosquejo, de lo que podía haberse convertido en un bello dibujo. Pero lo peor de todo, es que fui yo quien permitió que lo hicieran.
Siempre había deseado estudiar medicina. Quizás por mi afán de arreglar lo roto dentro de mi, incluso empecé la carrera, sin embargo no pude acabarla, porque me angustiaba el ritmo, me bloqueaba la exigencia y no podía soportar la mezquina competencia. Decidí dar otro paso atrás en mi camino, como siempre he hecho, y estudiar algo relacionado con la rama sanitaria, más discreto, incluso más cómodo, para evitar de este modo tanta inseguridad: Diplomatura en Enfermería.
Cuantas veces en mi vida había actuado con cobardía, algo que sólo me había deparado vulgaridad, medianía y adocenamiento. No conocí a nadie en la universidad, ni amigas, ni novietes entretenidos, con quien compartir los años más divertidos de cualquier persona. Saqué el título con matrículas de honor, no quise hacerme la foto de la orla, porque quería olvidar todo de aquella anodina época. Jamás trabajé en aquellos tiempos de enfermera, porque al terminarla, justo conocí a Rodrigo, que nunca deseó que yo trabajara, prefería que me quedara en casa soñando con los miles de retoños que íbamos a tener. Sin embargo, si hubiera sabido que esos bebés se iban a quedar como simples borradores dibujados, que fueron minando poco a poco mi alma, al menos hubiera intentado ser útil, ejerciendo mi profesión. Me aburrí tanto ese tiempo. Cada vez que abortaba una y otra vez, me consumía la pena de la espera de la maternidad. Fueron, de lejos, los peores momentos. Tardé ocho años en que llegara Jimena y para aquel entonces, yo ya estaba consumida por la autocompasión.
Habían pasado muchas cosas desde el divorcio y ninguna buena, hasta este momento, porque conocí a alguien, Roberto. Nos encontramos, esta segunda vez por Facebook, ya habíamos coincidido estudiando hace muchos años. No obstante, el azar le había vuelto a colocar ahí, justo en este instante.
Él no sabía quién era yo, tenía una identidad diferente, pero ambos fuimos al mismo colegio al mismo tiempo y eso había propiciado que se pusiera en contacto conmigo, tímidamente, con frases cortas, pero repletas de mensajes subrepticios, palabras esponjosas con un montón de deseos tácitos. Estaba viviendo algo especial. A pesar de que no creyera que fuera el mejor momento para enfrentarme a todo esto, sabía que lo necesitaba.
Todo fue una equivocación digital o más bien un acierto del destino al golpear las teclas. Él se puso en contacto conmigo a través del Messenger, al ver que habíamos ido al mismo instituto, aunque, claro está, no conseguía recordar quién era porque estaba bajo el seudónimo de Alicia Fernández.
Tras presentarse, me preguntó quién era y me envió su dirección de correo para que pudiéramos hablar con más intimidad. Yo le dije que no quería que conociera mi identidad, aunque intenté conservar su dirección de email guardándolo en un borrador que nunca enviaría. Sin embargo, en lugar de dar a la S de save(guardar), le di a la S de send(enviar), recibiendo él, de este modo, mi dirección de correo, menos mal que era la correspondiente al seudónimo, de este modo seguiría siendo una desconocida. Sin embargo había obtenido mi dirección de correo.
El mal estaba hecho o mejor dicho el bien. Ya no pude resistirme.
Los primeros e-mails fueron cortos y distanciados, cada tres días aproximadamente. Poco a poco empezamos a enviarlos diariamente. En ellos íbamos dando detalles de nosotros, nuestros recuerdos, sitios comunes de nuestra juventud, opiniones.
Él me insistía en querer saber quién era yo, sin embargo, me daba tanta vergüenza, mi vida era tan deplorable.
– “¿Cómo decirle que tenía un hija y que padecía un cáncer de mama?”-
Eso era suficiente para que saliera corriendo. Además, se me estaba empezando a caer todo el pelo de mi cuerpo y esa desnudez capilar me producía olas de congoja y desesperación. Tenía cuarenta y tres años.
-“¿Por qué no podía haberle conocido antes de la enfermedad, de mi matrimonio, de mi tristeza, de mi cobardía, antes de todo lo malo?”-
De momento era un relación epistolar, sólo nos escribíamos por email, era como un amor de los de antes, estábamos desnudando nuestras almas poco a poco al ritmo del traqueteo de las letras del ordenador, con la emoción en la punta de los dedos y con las dudas de “si le gustaré físicamente o si me recordará”. Todo era una locura, sobre todo en una persona como yo.
Nos íbamos relatando nuestras vidas de forma prolija. Con detalles estúpidos de anécdotas que nunca tuvieron hueco en mi cabeza y ahora surgían con una intensidad excitante. Era una aventura literaria, sexy, desinhibida que mordía el recato, con avaricia de excesos, con orgasmos de sensaciones del corazón.
Estaba completamente desconocida, deseaba que me conociera por dentro, cómo pensaba. Que escudriñara mi memoria, arrancando las ropas del puritanismo, haciéndome vibrar con espasmos de pasión y eso que todavía no le había tocado. Me había enamorado profundamente, sólo con palabras sin sonido. Con las voces mudas del teclado. Con sonidos de músicas etéreas románticas que únicamente vibraban en mi interior. Ese sueño adolescente de un amor platónico se había convertido en realidad.
En su último email, más seco de lo habitual, me pedía que nos citáramos, que necesitaba conocerme, que creía haberse enamorado.
-“¿Qué sucedería cuando me viera?- ¿Se acordaría de este mustio rostro?-¿Querría verme más veces?”-.
Le daba largas, porque presagiaba que cuando supiera quién era yo no querría continuar aquí.

Capítulo 10: Mesalina Divina “Hasta aquí”

A  Joao le conocí en una de mis visitas a la fábrica de Lisboa. Él vivía en Oporto con su maravillosa familia, pero pasaba mucho tiempo en Lisboa por motivos laborales. Ambos solíamos hospedarnos en el NH Libertade de Lisboa cuando íbamos allí por motivos de trabajo y una de las noches coincidimos en el restaurante.
Yo ya me había fijado en él, porque era difícil no hacerlo, medía al menos un metro noventa, de tez oscura, pelo rizado y unos ojos marrones, que lo que en otros pudieran resultar vulgares, en él, tenían algo de oscuro, profundo e incluso lascivo.
Cada vez que me desplazaba a nuestra filial lusa, el director de allí, hombre bajito, regordete y bastante pelota, continuamente intentaba enrollarse conmigo, por el simple hecho de que estaba divorciada, como si no pudiera elegir nada más que patéticos maridos hastiados de sus vidas conyugales. Me agasajaba llevándome a diferentes restaurantes, tratándome como una de esas “princesas” frágiles de cuentos que yo tanto odiaba. Como si el hombre experto en vivencias me pudiera abrir mi mente de mujer ávida de experiencias, que sólo un hombre de su nivel pudiera mostrarme. Evidentemente nunca lo consiguió, ni cuando me intentaba emborrachar, porque a mí no me gustaba compadrear con mis compañeros, aparte que el tipo en cuestión me repugnaba.
Los hombres portugueses son tremendamente machistas, pero tan elegantes en el trato que apenas puedes percibirlo. Exhiben exceso de caballerosidad, que oculta ese machismo agazapado. Son grandes negociadores, muy diplomáticos, por eso, junto con los holandeses, ingleses y sus vecinos españoles, fueron grandes conquistadores. Y aunque en nosotros no queda atisbo de esa cualidad, porque somos demasiado Quijotes, ellos sí conservan ese quo aire (saber hacer) de los business (negocios), al igual que los chinos, sin tanta parafernalia y falsa sonrisa, a priori parecen decirte a todo que sí, hasta que vas a firmar, que no sabes cómo, y vuelves a empezar la negociación. Sin embargo, a diferencia de los asiáticos, con los portugueses no te enteras que has retrocedido todo lo ganado.
Son galantes, elegantes, sutiles y muy inteligentes. Han conseguido pulir su arma diplomática y aunque ahora su orgullo, que lo tienen, en los últimos tiempos estuviera muy tocado por los “rescates “sufridos” por su país desde Europa, sequían sabiendo hacer tratos. Eso sí, con las mujeres no les gusta cerrarlos. Porque tienen claro que tantos siglos de sometimiento femenino lo que si nos han proporcionado es una paciencia increíble, una inteligencia emocional bien definida y especialmente una falsa humildad que esconde conseguir objetivos finales, por lo que con su machismo salpicado de buenas maneras, no consiguen domarnos y se encuentran algo perdidos a la hora de cerrar acuerdos.
En uno de esos viajes, el director de mi sucursal tenía una cena familiar, ineludible, creo que la de su aniversario. Por lo que tuve que cenar sola en el restaurante del hotel, pero las cosas siempre suceden por alguna razón y esa misma noche Joao también estaba solo en el restaurante. No tardó ni dos minutos en acercarse a preguntarme si, como parecía que ambos estábamos solos, pudiéramos compartir la cena y así charlar.
A algunos hombres les pone las mujeres con look travieso y sexy, y a otros, las mujeres en traje, poderosas, quizás para poder dominarlas como un trofeo de guerra.
Este segundo tipo es el que le gustaba a él. El caso es que quiso que yo me sintiera halagada por el ofrecimiento, pero lo que realmente pensé es que era realmente atractivo y morboso. Así que no dudé ni un minuto en aceptar su amable propuesta, tomándomelo como una diversión en mi tediosa agenda laboral.
La cena fue tremendamente amena, y nuestras miradas, alimentadas de vino, fueron subiendo la tensión. El no paraba de mirarme de soslayo al pecho, que asomaba un poco por el escote de mi elegante camisa, y luego a los ojos, como si no le diera ningún pudor nada de lo que pudiera pensar de él. Yo estuve todo el tiempo mojándome los labios lentamente, para excitarle y cuando hablaba, bajaba la voz para que tuviera que acercarse a mí y coquetear aún más con él. Aunque carecía de timidez, soy consciente de que algunos hombres les gusta que al principio seamos algo retraídas. No entiendo muy bien el porqué. A mí me apetecía esa noche un cuerpo caliente. Hubiera hecho cualquier cosa por conseguirlo, hasta parecer apocada. Cuando se estaba acercando la hora de los postres me propuso ir a dar una paseo después de cenar por Las Doças de Alcántara, junto al río con todos esos bares y discotecas de aspecto industrial, esa zona me recordaba un poco a Puerto Madero en Buenos Aires, ambos lugares habían conseguido rescatar las viejas zonas portuarias, integrando la ciudad al río.
De las Doças me gustaba lo recatado y sencillo que parecían, acordes con la tímida Lisboa y de Puerto Madero aparte del ambiente y el goce gastronómico bonaerense, me pareció muy interesante que todas las calles del barrio estuviesen dedicadas a mujeres destacadas de la historia argentina, animando en cierta forma a brindar con ellas por todo lo que habían aportado no sólo a su país, sino a la causa femenina.
Estuvimos tomando un café y luego algún gin-tonic en uno de los garitos de la zona. La música de fondo era algo empalagosa, el reggaeton que tuvo un cierto efecto tipo tremendo picor genital en él, por lo que me cogió de la mano y me llevó a la pista de baile, rozándose conmigo. Yo podía notar su verga bien dura que se magreaba con mi pelvis, y los calores de la excitación, más el vino y demás licores, me hicieron bailar de forma muy sensual. Mostrándole el mismo apretón que él, para que supiera que estaba dispuesta a que fuera una noche además de sensual, muy sexual. De repente, se acercó y me metió la lengua bruscamente, poseyéndome y moviéndola lentamente. Yo no paraba de salivar. Me agarró por el cuello dulcemente y lo apretó un poquito, marcando el ritmo del beso libidinoso y acercando aún más su entrepierna para que me quedara claro lo que él quería en ese momento. Evidentemente terminamos en la cama. He estado con muchos hombres, pero jamás pude disfrutar de un sexo tan guarro, tan posesivo y tan intenso como esa noche con Joao.
Aunque aún me pongo muy cachonda cuando pienso en él, su lado oscuro en la relación que mantuvimos, me hizo plantearme muchas cosas. Y creo que toqué fondo cuando acercándose la primavera, aún en los últimos estertores del invierno, unos meses después de conocerle, descubrí al perverso Joao.
No diría que teníamos una relación, pero sí una especie de “contrato de cama fácil” que nos satisfacía a los dos. Él estaba casado con una portuguesa, cuyo padre poseía la mitad de las bodegas de Oporto. Una niña bien, caprichosa, pudorosa y entregada a sus hijos, que aunque había estudiado en los mejores colegios internacionales, e incluso se había ido un año a una universidad americana para hacer un master, en la que seguro ejerció de “cheer leader” (animadora) de algún equipo local, nunca había sentido la necesidad, de trabajar.
Su padre les había regalado una preciosa mansión en Foz do Douro, desde la que se podía disfrutar de una maravillosa vista del río Duero al desembocar en el Atlántico, muy cerca de las playas Praia da Luz y Praia do Molhe, en las que, me imagino, pasearía con su idílica familia sintiendo la brisa del océano en sus rostros. Todo de lo más convencional y pijo. Además, el gran patriarca, también sufragaba con gran generosidad los estudios de sus tres hijos en el Oporto British School que era el colegio al que ella había asistido de pequeña y así seguirían la tradición familiar.
Sólo tenía una hija y aunque su yerno no le gustaba nada, porque era un guaperas, sin clase y sin rango social destacado, se creía en la obligación de “mantenerles” en todo lo que fuera necesario para que su preciosa niña y sus adorables nietos no pasaran las penurias que Joao había sufrido.
Pero los comienzos de Joao, no habían sido ni de lejos, los que a su suegro le gustaba imaginar, siempre fue un chico brillante, muy inteligente y por eso estudió becado casi toda la vida, no por baja renta, sino por listo. Si bien su familia no era rica, nunca habían pasado hambre y ni siquiera desgracias tal y como su suegro pensaba. Para Assunção, que era el nombre de su mujer, él era el hombre más guapo e inteligente de todo Oporto y, aunque a su padre no le gustase, ella había decidido quedarse en casa criando a sus hijos, no obstante, lo que menos hacía realmente era eso. Tomaba el Brunch (almuerzo) con amigas, degustando los vinos blancos de las bodegas de sus padre, hechos de las uvas típicas de la zona, Malvasía Dourada, Malvasía Fina, Gouveio y Rabigato.
Después, a veces, se iba de compras o a la peluquería y luego comía todos los días de entresemana en el club, en el que ya se quedaba para jugar al tenis, ir al espectacular gimnasio o simplemente descansaba en el Spa, mientras sus queridos hijos eran cuidados por otros y su marido andaba haciendo “negocios” por ahí. Él no era mal padre, sólo estaba algo ausente, porque ya no quería a su mujer, a la que consideraba una muñeca de papá, y se aburría. Creo que en mí encontró todo lo que los hombres desean: ninguna atadura, diversión, sexo y conversación inteligente.
Joao conocía muy bien Lisboa. Solíamos ir a un restaurante en el mirador de Santa Catalina, que se llamaba Pharmacia, que era una antigua botica reconvertida en restaurante, en el que cuando hacía buen tiempo se podía tomar copas en el precioso jardín que tenían o nos acercábamos a Noobai café, desde el que se disfrutaban unas increíbles vistas al Tajo y hacían los mejores cócteles de la ciudad.
Nos pasábamos horas calentándonos mutuamente, escupiéndonos obscenidades antes de ir al hotel. Otras veces nos zambullíamos en la vida nocturna del Barrio Alto y me enseñaba garitos cada vez más pecaminosos.
Sería septiembre, cuando me llevó por primera vez a un pub muy elegante y muy escondido en la Praça do Príncipe Real, donde se concentra el ambiente gay de Lisboa. A mí, desde el principio, me produjo cierto “respeto”.
Primero nos costó entrar, aunque el de la puerta pareciera conocer a Joao, le preguntó por mí y le dijo que si estaba seguro que a mí me gustaría entrar allí, no logré entender porqué vendía tan mal el negocio, yo si hubiera sido su jefe le hubiera despedido, haciendo publicidad tan negativa del antro.
Cuando entramos, la atmosfera era densa, pero no de humo, que estaba prohibido, sino de algo oscuro, que me hizo temblar. Casi todo el mundo estaba charlando por parejas, incluso había algunos grupúsculos de varias personas que se miraban y se tocaban. Yo no sé si porque éramos bastante atractivos, el caso es que sentí que nos observaban con cierta lujuria. Nos acercamos a una mesita donde había cuatro confortables taburetes. Pedimos los típicos caipirinhas de Lisboa. Cuando aún estábamos esperando, se nos acercó una pareja joven y nos preguntó si podíamos compartir la mesa, ella me observaba de una forma extraña, pero nada ofensiva. A mí todo me parecía raro, había mesas de sobra como para que la tuviéramos que compartir, pero a Joao no pareció importarle y me preguntó si me gustaba esa pareja, que si me parecía atractivo él. Yo no supe contestar, pero la verdad es que parecían bastante agradables, por lo que aceptamos que se sentaran con nosotros.
Él se situó a mi lado y ella al lado de Joao. Tenían una conversación agradable, banal pero interesante, él no paraba de intentar rozarse conmigo y aunque me excitaba la idea, no terminaba de estar cómoda pensando en la preciosidad de su mujer, que yo creo que se había dado cuenta, aunque no hiciera nada al respecto. Joao también empezó a mostrar cierto interés por la guapa morena. La verdad es que ambos eran bastante seductores. No me acuerdo cómo poco a poco ambos fuimos aceptando que nos tocaran la piernas, o los brazos, incluso las manos cada vez más minutos seguidos, pero de una forma casual. Yo podía observar que en otras mesas algunas parejas habían empezado a besarse y a tocarse sin pudor, tras varias copas y constantes toqueteos, flirteos y furtivas caricias.
Rui, el chico, se levantó y le preguntó a Joao si me permitía que me fuera con él. Yo no entendía nada,
Joao le pidió unos segundos y se acercó a mi oreja y susurrando me dijo que estábamos en un bar swinger.Yo había oído que existían, incluso sabía dónde había uno muy conocido en Madrid, pero nunca se me había ocurrido hacer intercambio de parejas. No porque me pareciera mal, sino simplemente porque era de la convicción que es algo de parejas hastiadas en sus matrimonios, con necesidades sexuales insatisfechas, relaciones que no pueden acabar bien.
Quizás el alcohol, la excitación de lo nuevo, el ambiente libidinoso, lo fascinante de Rui, o que realmente no tenía ninguna relación seria con Joao, sino que era bastante promiscua, el caso es que todo aquello me pareció muy excitante. Por lo que acepté, con la condición si lo hacíamos los cuatro juntos y que nos pudiéramos probar todos. Joao y Rui dijeron que entre ellos, que eran muy hombres, no habría tocamientos, ni sexo, pero que nosotras podríamos hacer lo que deseáramos y con el que quisiéramos.
A mí esto siempre me ha parecido algo extraño, los hombres que aborrecen la homosexualidad, alegando su hombría, les excita tremendamente que se lo hagan dos mujeres entre ellas. Es difícil de entender.
Fue una de las mejores noches de mi vida, practiqué soft swing, que es lo que se llama sexo oral en esos ambientes, con los tres. Laura, era tremendamente sexy y muy desinhibida, tenía una piel muy tersa, joven y su sabor era una mezcla de sudor y dulce aroma floral. Su lengua era tímida, pero me recorrió el cuerpo con tanta suavidad que me hizo gemir continuamente. Él, era un amante fascinante, duro, algo torpe con el sexo oral, pero un gran dios devoto de la vagina, e increíble en el full swap, sexo con penetración.
Lo hicimos muchas veces, unas Laura y yo; otras cada una con el hombre de la otra y así hasta que cerraron el garito. Una vez probado, creí que no podría dejar de hacerlo hasta que encontrara, si alguna vez lo hallaba, una pareja de verdad. Fue electrizante, vibrante y maravilloso.
Tardamos un par de meses en volver a hacer una cosa así, pero cada vez que íbamos al bar probábamos con diferentes parejas, cada vez más eróticas y aún más viciosas.
Joao estaba feliz con haber encontrado alguien como yo, había rejuvenecido, le iba mejor en los negocios e incluso se había hecho algún que otro tratamiento de estética. Sabía que estaba con más mujeres, pero la verdad a mí no me importaba. Lo que si me preocupaba es que cada vez se iba enganchando a cosas más y más pérfidas, sexualmente hablando. Yo creo que en esa época llegué a explorar toda mi sexualidad y todos los límites que tenía, o así creía.
Estuvimos juntos, hasta aquel día de invierno. Habíamos planeado esa semana con mucha antelación, porque él quería enseñarme una cosa nueva. A mí la verdad me tenía expectante y estuve comprando lencería y cachivaches especiales para la ocasión. Presentía algo diferente en la voz de Joao cuando estuvimos organizando el encuentro.
Aunque tenía mucho trabajo en Lisboa, había reservado el hotel también para el fin de semana y así poder descansar. Joao nunca se quedaba después del viernes, porque volvía a su sosa vida en Oporto. Aunque esta vez me sorprendió cuando me dijo que era tan especial la ocasión que le había dicho a su mujer que volvería el sábado por la mañana. Así que esperé ese día con emoción y también con dolor de pezones de la excitación. El viernes por la noche tras una cuasi romántica cena en un restaurante de Estoril, y digo cuasi, porque lo que teníamos era de todo menos amor, sí mucho morbo pero nada de naturaleza romántica, aunque fantaseásemos con parecer una pareja “normalizada”, nos fuimos a nuestro antro swinger favorito de Lisboa, hasta ahí todo parecía igual que siempre. No obstante, tuve una sensación diferente, sentí que Joao estaba especialmente salaz y muy nervioso, pensé que sería por lo que nos depararía la noche.
Cuando llegamos fuimos directamente a una de las salas de puerta roja, que yo jamás había estado, sí las pintadas en verde, que eran donde hacíamos los intercambios e incluso en las puertas rosas, dónde se reunían los tríos. Pero tras aquella entrada bermellón no sabía lo que podría suceder.
Estaba excitada, no obstante no me encontraba cómoda, presagiaba algo extraño, Joao estaba demasiado alterado y algo disperso. Me miraba de forma diferente, no pude evitar temblar un poco antes de traspasar esa puerta encarnada.
Me pidió que me desnudara por completo y me sentó en una silla de madera, con el asiento de terciopelo rojo. Yo siempre fui bastante escrupulosa. No sabía si sentarme allí, sin antes haber comprobado que estuviera limpia de impurezas y restos de otras historias de sexo. Sin embargo, tenía tantas ganas de averiguar qué estaba preparándome, que no quise pensarlo. Me tapó los ojos, me abrió las piernas y empezó a tocarme, pude notar que se estaba excitando peligrosamente y a mí me sucedía lo mismo.
De repente, me dijo que me levantara, me dio la vuelta y me hizo ponerme con el trasero hacia él, ató mis manos a la silla y empezó a darme azotitos en el culo, ese rollo, a mí, no me gustaba mucho, ya que esto no era cincuenta sombras de Grey, pero sí logró que gimiera de placer. Luego sentí como me penetraba, sin embargo, fue algo extraño, no lo hacía como siempre. Fue un polvo, muy agresivo, mecánico y me hizo algo de daño al sujetarme las cadenas para clavármela mejor. También noté que me tocaba el pecho de forma tosca y empecé a ponerme muy nerviosa.
Cuando estaba a punto de correrse él, oí el gemido de Joao que me pareció lejano. No conseguí el orgasmo, porque presentí algo. Conseguí desatarme de la silla, me quité la banda de los ojos y lo que vi allí, me destrozó.
Yo no estaba enamorada de Joao, pero eso traspasó todas las barreras que pudiera tener. Allí, desnudos había tres hombres y no era Joao quién me había penetrado Constaté que él y otro se habían masturbado, mientras el tercero se lo hacía conmigo. No estábamos solos, él y yo. Éramos cuatro en esa claustrofóbica sala.
Durante todo ese rato había hecho sexo sin consentimiento con hombres que yo no había elegido. Me sentí como una puta, terriblemente sucia y posesión de un hombre que me había “prestado” sin ni siquiera consultarme.
No sólo era una escena grotesca, sino que al mirar a Joao para intentar comprender bien la situación, me pareció tan patético, que tuve cierta repulsa hacia él. Intenté pensar en el Joao que yo había conocido y me di cuenta que ése, era el verdadero Joao, que al final se había despojado de su máscara. No le sentí avergonzado, sino más bien extrañado de mi reacción.
No me importaba tener sexo con varias personas, pero lo que nunca iba a tolerar, era que no fuera yo la que lo decidiera. Dónde, quién y cuándo. No pertenecía a nadie, no podrían jamás optar en mi lugar. Joao había franqueado una frontera que aunque fuera turbia, siempre debió conocer y respetar.
Recogí mi ropa despacio, para que él se sintiera una mierda y me fui. Él intentó seguirme, al menos hasta la puerta del pub. Sin embargo, la rabia debió hacerme andar más rápido, porque pude llegar fácilmente a la puerta y sin echar la vista atrás, la cerré para siempre en mi vida.
Jamás volví a verlo. Cuando salí de ese lugar, algo se rompió dentro. Averigüé de la peor forma posible cuáles eran mis límites. Hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Mientras volvía al hotel pensé:
-“Hasta aquí”- .