Capítulo 7: MESALINA DIVINA (El trabuco)

 

(Recuerda:se va publicando por capítulos por si acaso te has perdido alguno) 

A veces me desesperaba Adriana. No podía comprender que con todo lo que realmente poseía, esa belleza interior, esa bondad, no lograra alcanzar algún momento de júbilo. A menudo me agotaba la idea de tener que estar inyectando “buen rollo” todo el tiempo a ese cuerpo tan desgastado de penas y tan repleto de miedos.
– ¿Por qué no podía ver algo positivo en su vida? –
La semana pasada al hablar con ella sobre mi próximo viaje, que iba a ser a la Gran Manzana, la noté tan decaída que me vino a la mente la segunda vez que fui a esa ciudad. Y para animarla un poco le conté lo que me había sucedido en esa visita a New York , que fue mi primera vez sola en un viaje tan lejos.
A mí, New York, me hipnotizaba, había ido muchísimas veces, sin embargo una de mis peores pesadillas sucedió allí. Yo tenía diecisiete años y estaba a punto de cumplir los dieciocho, iba a estar tres o cuatro meses en casa de una familia de acogida americana que vivía en Richmond, cerca de Washington D.C., y para ello tenía que ir hasta New York, llegaría al aeropuerto de John F, Kennedy y luego tendría que cambiar de terminal y coger otro vuelo hasta Washington D.C.
Me lancé a Las Américas. Después de un montón de horas de vuelo llegué agotada a New York, cuando estaba recogiendo la maleta, conocí a una típica señora americana, grande, locuaz y muy simpática que se ofreció a llevarme al aeropuerto de La Guardia. Y una vez allí, como el vuelo era interno, el equipaje se facturaba en la misma puerta de embarque. Cuando llegué había un agente barrigón con un bigote horterísimo típico americano, que me indicó que colocara mi maleta en la cinta de facturación para que pasase el escáner.
El gordito me pidió que pasara mi maleta una vez y otra vez, yo conté hasta cinco. En ese momento empecé a preguntarme si sucedía algo con el aparato, quizás se había estropeado. De repente vi que comenzaron a llegar agentes femeninas, enormes, algo toscas, cuya apariencia asustaba. Más o menos, cinco o seis y se pusieron a mirar la pantalla de la máquina, junto con el seboso policía, volviendo a hacer pasar el equipaje varias veces otra vez.
De repente una de las agentes, la más grande de ellas, se acercó a mí y me dijo
– “could you come with us?”- (¿Podría venir conmigo?)
A lo que le respondí:
– “Of course, but where and why?”- (Por supuesto, pero ¿Dónde y por qué?)
– “You have to come with us and we will explain to you”- (usted tiene que venir con nosotros y ya le explicaremos)
Las cinco agentes de policía me rodearon y me indicaron, no de muy buenas formas, el camino hacia una puerta cerca de la cinta de facturación en la que me obligaron a entrar.
En ese momento, ya estaba bastante asustada y me dio por pensar que había alguna cámara oculta, intentando hacer una broma a la paleta española.
Una vez dentro, las energúmenas me rodearon y sosteniendo en alto y con actitud amenazante sus porras me increparon:
-“Get naked”-(desnúdate)
Al ver que yo no las hacía caso, empezaron a gritarme en inglés, consiguiendo que me bloqueara, aunque mi inglés era bastante fluido, sólo alcanzaba a balbucear alguna palabra, pero con un acento tan español que creo que no se me entendía muy bien. De repente una de ellas se me acercó e intentó ayudarme a quitarme alguna prenda. Aterrada, me dio por pensar:
-“Dios mío, ¿que me van a hacer estas bestias?”-
Poco a poco me fui desnudando, primero la camiseta, luego los zapatos y finalmente el pantalón, quedándome en una horrible ropa interior, por supuesto nueva, porque mi madre siempre me advertía que tenía que llevar braguitas limpias y nuevas, por si tenía un accidente y me tenían que rescatar. Ya ves, lo importante no era si te ibas a morir en un hipotético accidente, sino si te iban a ver con la ropa interior sucia o vieja.
Cuando ya sólo me quedaba esa ropa por quitar, vi que una de ellas cogía un guante de plástico y se lo enfundaba con mucho empeño en su enorme manaza y se acercaba con total impunidad a mí. Yo, que hacía unos días que había visto una película de cárceles en las que comprobaban si las presas llevaban drogas en sus partes íntimas y lo hacían con este sistema tan profiláctico, empecé a llorar y a gritar.
Y únicamente acertaba a decir, eso sí, en un perfecto inglés:
-“Por favor, soy virgen, por favor soy virgen¡¡”
Llevaba años intentando mantener intacta mi virginidad para entregarme al que fuera a ser el futuro padre de mis hijos. Y ese día en una fría sala blanca de un aeropuerto americano una enorme bestia rubia me iba a desvirgar con un guante, sin ningún tipo de caricias y con total ausencia de amor e intimidad.
Tristemente, lo peor estaba por llegar, porque temí que también quisieran asegurarse que tampoco había ninguna sustancia estupefaciente en el agujero de atrás. Poniéndome aún más histérica. En aquel momento, ese lugar en especial, prefería que se mantuviese sin usar para esos menesteres durante toda la vida. Evidentemente años después, no puedo afirmar que mantuviera esa promesa ¡La vida cambia tanto!
Empecé a dar manotazos cargados de nerviosismo y desesperación. Únicamente alcanzaba a repetir:
– “Soy virgen, por favor respétenme- por favor”-
Ellas estupefactas por toda mi obsesión de mantenerme virgen, llegó un momento en que se echaron a reír e intentaron hablar más despacio para que me tranquilizara. La escena era grotesca y bastante patética.
La razón de todo ese jaleo fue que mis padres deseaban obsequiar con un pequeño detalle de agradecimiento a la familia americana de acogida. Mejor que un toro, una flamenca o una castañuelas, pensaron que, como en aquella época retrasmitían una serie muy famosa en España, que se titulaba “Curro Jiménez”, sería más original adquirir un precioso trabuco de imitación, que los héroes del serial portaban para sus fechorías, tipo Robin Hood, emulando a esa serie en ese momento de culto. Para ello fueron al lugar donde sabrían que seguro encontrarían algo así, la zona de souvenirs del Corte Inglés.
Sin imaginarme por un momento, me fui a Estados Unidos con la pistola envuelta y escondida en la maleta, además de las castañuelas, que no pude evitarlo. Iba sola, a punto de cumplir mis dieciocho años y con un inglés bueno, pero aún por pulir un poco. La verdad es que no tenía ningún miedo, quizás porque no pude predecir lo que me iba a suceder. En el escáner se dibujaba la forma de una pistola en mi equipaje, efectivamente el trabuco de “Curro Jiménez” había dado la alerta. Se pusieron muy nerviosos con lo que parecía un arma de fuego y cuando por fin les pude decir que era falso y ellos lo constataron, fue cuando decidieron dejarme continuar con mi viaje.
Aún así, habiendo confirmado que era un arma falsa, que era un objeto de adorno, mi “querido trabuco” fue confiscado y devuelto a España en un caja fuertemente cerrada e incluso, diría yo, que custodiada.
Todo esto había acontecido antes de los atentados de las Torres Gemelas, si se hubiera producido el incidente después, seguramente aun estaría en una cárcel americana y evidentemente mis miedos respecto a la pérdida de mi inocencia en suelo americano sin trazas de amor, se hubiera convertido en una cruel realidad
Me han sucedido muchas cosas en mi vida, pero jamás algo tan incómodo. A pesar de lo kafkiano de la situación, ahora lo recuerdo con humor. Adriana no paró de reír mientras yo se lo narraba, tal y como lo recordaba, aunque el tiempo había hecho que fuera aderezando la historia con anécdotas hiperbolizadas y jocosas.

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