Capítulo 9 : ADRIANA (A peor)

Rodrigo nunca quiso tener hijos y tuvimos que esperar muchos años. Yo, en cambio, siempre deseé ser familia numerosa, pero la vida a mí no me ha dado nada de lo que le he pedido.
Todo el mundo que me rodeaba, esperaba que viera las cosas de forma positiva, pero es que en esos momentos no podía. Tenía los ojos repletos de kilos de tristeza y por culpa de la quimio ya no poseía párpados con los que parar el torrente de lágrimas. Jimena era lo más importante que había hecho en mi vida y no conseguía hacerla feliz, era incapaz de hacerla dichosa, porque yo no lo era. Yo no me quería a mí misma.
Durante nuestro matrimonio habíamos acumulado un número importante de inmuebles, repartidos por la geografía española. En parte con el dinero de mis padres y en menor medida por lo ahorrado a lo largo de los años, con el nada despreciable sueldo de Rodrigo. En el divorcio, yo me encontraba tan débil, tan vulnerable y especialmente afligida, que le dejé a él quedarse con casi todo, únicamente le pedí que me dejara la casa, que había sido nuestro hogar durante tantos años y una pequeña pensión compensatoria, que por no compensar, no compensaba ni la cesta de la compra mensual. Todo esto se tradujo en un cambio de vida radical para mí. No pasaba hambre, pero sí me costaba llegar a fin de mes. Todo se tambaleaba. Mi salud, mi situación económica, mi vida emocional y mi posibilidad de ejercer de madre.
Demasiados abortos, demasiadas penas podridas en mi interior y cuando por fin tenía lo único bueno que había hecho en mi vida: me divorcio. Rodrigo me había obligado a que Jimena se quedara con él, alegaba que era mejor para la niña, que en mi casa el ambiente era demasiado denso de preocupaciones, tristezas y mucha enfermedad. En lugar de ayudarme con el calvario de mi cáncer, apretaba aún más el cuchillo del rencor dentro de mí. Me fustigaba con sus palabras hirientes, llenas de amargura. No terminaba de entender por qué me odiaba tanto, por qué deseaba quitarme lo único que tenía valor en mi vida, mi niña.
Rodrigo estaba obsesionado con que Jimena disfrutase de su hermano, el que tuvo con ella, la otra, y no percibía lo necesario que sería que estuviera también con su madre. Yo ni podía, ni sabía vivir sin ella. Sufrí demasiados abortos, muchas decepciones, tantos infructuosos tratamientos que me destrozaron por dentro.
Una de las veces incluso estuve hospitalizada a punto de morir, por una híper estimulación, me sacaron hasta dieciséis óvulos. Todo en mí siempre era tremendo, amargo y desgarrador, estaba agotada de ser yo misma, de vivir y convivir dentro de mí.
No terminaba de acostumbrarme a no verla corretear por la casa, o a esconderse para jugar al pilla-pilla, o a no escuchar sus risas con Bob Esponja o a no sentir sus manitas acariciándome y diciéndome cosas tan bonitas, como:
-“Siempre estaremos juntas, aunque papá no quiera, porque yo te cuido”-.
Siento lástima que una niña de siete años se haya dado cuenta que soy una inútil vital, soy una zombi emocional que se arrastra por la vida, mendigando amor. No fui nadie interesante, como una amiga que aportara algo, o como una esposa solícita. Como hija fui siempre ejemplar, pero hermética y como madre soy patética, no puedo enseñar a mi hija a amar todo para gozar de la vida.
No llego a conseguirlo. Siempre supe que debí entrar la última en la lista de almas que les tocaba este siglo y me asignaron el cuerpo más deplorable.
Me arrastraba por este camino vital. El frío barro terrenal me enfermaba, los miedos del ambiente me hacían temblar y me paralizaban, estaba bloqueada. No podía volver atrás, porque eso sí que era la muerte, pero asomarme al futuro me hacía palidecer de terror.
-“¿Qué me puedo esperar?”-“¿ Cómo terminará todo esto?”-
Sólo esperaba que fuera algo rápido, aséptico. No creo que abandonara mucho atrás.
Este fin de semana estuve repasando toda mi vida en bloques, buscando el tesoro de la felicidad, soy incapaz de encontrar nada que me haga sonreír. El invierno estaba siendo cruel, el frío de fuera hacía temblar mi yo de dentro. No tenía dinero, Rodrigo había conseguido quedarse con todo. Cuando estaba sola en casa, no podía permitirme poner la calefacción, prefería que Jimena no supiera lo que era la ausencia de calor. A pesar de mi alergia al frío, no encendía la calefacción y pululaba por la casa enmantada, arrastrando los pies.
Lo único bueno de todo esto es que había empezado a tener la creencia que este ambiente helado me vendría bien para congelar todos los malos rollos, los sinsabores de la vida, el odio de Rodrigo y hasta mi mente machacona.
El sábado por la noche, toqué fondo, me preparé una sopa caliente para ver si al caer rápido por dentro de mi aterido cuerpo llegaba al estómago y me reconfortaba. Me serví una copa de vino, para brindar por todo y por nada, hundiéndome en lo gélido de la tristeza.
La sopa, el vino y el frío. Ese era todo mi presente que parecía recurrente y cruel. Ya sólo podía morir, no le importaría a nadie y yo descansaría. Me desnudé y me tumbé sobre el edredón en la cama, tiritando, arrancando los pocos deseos que me quedaban de vivir, con suspiros acompañados de vaho, por lo que nunca tuve y maldiciendo lo que no quise jamás luchar.
Era en ese instante en el que tenía que decidir si quería dejar todo atrás, tirar la toalla como siempre, y regocijarme en mi masoquismo. En el dolor eterno de los inútiles. Me encontré incapaz de más, mis párpados caían y yo me iba abandonando, mi cuerpo helado parecía dormitar.
No sé qué sucedió. Me di cuenta de que quería vivir, aunque debía elegir otra forma de hacerlo. No deseaba simplemente sobrevivir.
Revuelta y compungida, me levanté, me dirigí al baño y me entregué a la ducha caliente más sanadora que jamás tuve. Me limpié por fuera, me calenté el cuerpo y purifiqué mi alma.
Al salir, tomé la aún frágil decisión de coger las riendas de mi patética vida actual y cambiar de rumbo por completo, desde dentro hacia fuera. Lo haría por mí y para mí.

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