Capítulo 13: MESALINA DIVINA “Estado Civil”

Adriana y yo solíamos encontrarnos de vez en cuando para hablar de “vagina a vagina”, aunque para ella, fueran más bien encuentros de “Girl Scouts”.Las últimas veces, la notaba muy cambiada. Desde que había comenzado a salir con Roberto, se había trasformado, había perdido sus miedos y me preguntaba mucho sobre sexo. Yo tenía la convicción de que ella empezaba a desear probar otras cosas. A pesar de que a veces me ponía cara de mojigata, intuía que le gustaría experimentar juegos diferentes en la cama. Al principio nunca se atrevía a hablar de estas cosas conmigo, jamás había tenido este tipo de conversaciones con nadie, pero poco a poco conseguí que se fuera soltando, me convertí para ella en una especie de “Coach del sexo” .

Lo que más me agradaba de esta nueva Adriana era que todo esto, no lo estaba haciendo por dar placer a Roberto, sino para satisfacerse ella misma. Estaba aprendiendo que la vida hay que gozarla, sumergirse y bucear. Se hallaba en ese punto en el que quería perdonarse, no para sentirse mejor con su pasado, que ya no tenía solución, sino para aceptar el futuro como llegara.

Era muy feliz, lo irradiaba, hablaba mucho y atropelladamente, no de otros, como hacia antaño, sino de sí misma, en primera persona. Se iba descubriendo tal y como era. Desde fuera podría parecer extraña esta amistad, sin embargo ambas nos ofrecíamos mutuamente las dos caras de la serenidad. Ella, a mí, me proporcionaba esa visión paciente de la espontaneidad, me hacía reflexionar sobre aquello que pudiera salir mal, el plan B. Yo a ella, le aportaba la calma de la decisión tomada, no con impetuosidad, sino con espontaneidad.

Nos veíamos muy asiduamente. Estas terapias vaginales nos sentaban bien a las dos. Últimamente, nos había dado por los spas urbanos y los tratamientos corporales. Habíamos encontrado algo que a ambas nos unía y nos era gratificante.

Cuando le contaba mis aventuras, a veces se asustaba un poco, especialmente por la forma de narrarlo, se lo espetaba, sin anestesia en un lenguaje algo soez para ella, también muy descriptivo. Entonces, se hacía su imagen mental y me devolvía una sonrisa asintiendo como diciendo, “yo no lo diría así, pero me ha quedado claro”.

A ella, fue a la única que le conté lo de Joao. No fui consciente de que me había afectado tanto, hasta que pude escupir las palabras a Adriana, arrojándolas con desprecio al principio y luego arremolinadas con lágrimas. Me había costado meses poder confesárselo a alguien. Con Adriana, al recordarlo, comprobé que lo de Joao había sido algo más que perversión, me había abierto algo dentro que había permanecido sellado mucho tiempo y me sentía profundamente traicionada. Nunca podría dejar a otros elegir por mí absolutamente nada y él había cometido el único pecado que no le perdonaría jamás. Jugar sí, dominar no.

Habían pasado varios meses y yo seguía reconcomiéndome por haber llegado tan lejos. Pero como era de la idea que las cosas suceden porque tienen que suceder, intenté extraer todo lo positivo de ello.  Al remover todo por dentro, fundamentalmente mi conciencia, algunas cosas se desplazaron y ahora empezaba a percibir una tímida versión mía más estable emocionalmente.

Confesé a Adriana que me atraía un compañero de trabajo, aun siendo de la opinión que nunca hay que mezclar placer con trabajo, él me gustaba realmente. Se podría decir que era un tipo feo, que no me pegaba nada, tremendamente inteligente, excelente abogado, corredor de maratones, piloto privado y además le encantaba hacer locuras como puenting, vuelo sin motor, buceo o rafting. Todo aquello que le supusiera poner a prueba sus límites.

Vivía la aventura, siempre probando retos nuevos. En el trabajo no sabían nada de su arriesgada osadía y su ímpetu temerario. Aunque por su forma de trabajar, cualquiera lo hubiéramos podido intuir. Era atrevido y valiente con los proyectos que ponía en marcha y no se amilanaba con nadie. Ni siquiera conmigo que no tenía fama de fácil. Los hombres son contundentes, nosotras bordes. Ellos ambiciosos sanos, nosotras zorras con aspiraciones y por supuesto el carácter sólo está penalizado en las féminas. Él actuaba igual con ellos que conmigo y eso me gustaba.

Cuando le escuchaba hablar durante las pausas de los cafés de la oficina, me quedaba embelesada. Era un hombre especial, muy interesante, excepto por ese físico algo cruel. Eso sí era muy alto, como a mí me gustaban.

Me había percatado, como le comenté a Adriana, que en los últimos tiempos  me miraba de una forma diferente, algo viciosilla. Evidentemente, no era la típica mujer que ocultaba las opiniones de cualquier tema, por muy comprometido que fuera. También hacía alarde de mi feminismo impregnado de pragmatismo, que a muy pocos hombres les gustaba y menos aún les excitaba, pero a él fue lo que le llamó la atención de mí, aparte de mí físico, como luego pude comprobar.

Todos los años teníamos la convención de la empresa en sitios de los más dispares. Alejandro, era la primera vez que iba a venir, porque llevaba poco tiempo con nosotros. Todo esto me producía cierto nerviosismo, hasta ahora no me había sentido atraída por alguien del trabajo. Además después de lo de Joao, algo se rompió dentro de mi, dentro de mi voluntad, y me encontraba bastante vulnerable.

Otro gran defecto de Alejandro, salvable a futuro, es que aparte de feote, estaba casado, con una posturitas, cuyo padre era socio fundador de un importante despacho de abogados de la capital, dónde él lanzó su carrera como brillante abogado. Allí la conoció, porque ella también trabajaba de abogada laboralista, en el bufete de su padre. Se casaron muy enamorados y tuvieron tres hijos, que es lo que se llevaba en la alta sociedad.

Su mujer le dejaba que disfrutase de ese lado salvaje, durante su tiempo de ocio, si luego la acompañaba a todos sus actos sociales derivadas del status de la familia. Su acuerdo había funcionado unos años, pero él estaba en cierto modo hastiado de esa vida tan encorsetada. Por lo que abandonó el despacho y se vino a mi empresa como Director de RRHH, que había sido un cliente suyo en el bufete. Esto, había sido hacía más de un año, sin embargo yo ni me había fijado en él. Fue a raíz de una contratación que tuve que hacer en mi departamento bastante complicada y que tuvimos que desplazarnos continuamente a Málaga, por lo que pasamos algunas semanas juntos viajando y conversando, llegando a intimar algo más.

Casi al final del complejo proceso de selección, una noche que salimos a cenar para celebrarlo, al volver a nuestras respectivas habitaciones, me besó, yo no diría apasionadamente, quizás con excesiva seguridad, con una laxa entrega. El caso es que pensé que besos así, los había pocos, por lo que le invité a pasar a mi habitación. El declinó la oferta, me dijo que solo quería saborear mi boca, pero que debíamos evitar cualquier tipo de relación, para evitar susceptibilidades en la empresa. En lugar de enfadarme su negativa, me dejó bastante excitada y no pude evitar masturbarme sola en esa habitación de hotel pensando en el cara difícil de Alejandro. Me corrí mucho y bien. Aunque se me quedó mal cuerpo, porque tendría que verle en la oficina y esa sensación no me iba a ser del todo cómoda.

Adriana, para mi sorpresa, me aconsejó que en la convención, intentara intimar con él a ver si era sólo un calentón o realmente me gustaba de verdad. Me vio bastante “atontada” con Alejandro. Sin embargo, no podía permitirme bajar la guardia, tanto que pudieran hacerme daño otra vez. Los casados irremediablemente siempre me habían dado morbo, sobre todo cuando reflejaban esa mirada en su rostro desesperado de ”sálvame de mi matrimonio que me ahogo”. Me producían compasión, ternura y me excitaban terriblemente.

Aun así, yo continuaba con mis cositas existenciales. Hacía unos pocos días, había ido a solucionar unos papeles. Al cumplimentar el formulario me hizo gracia la pregunta de estado civil, que evidentemente era el de divorciada, y me dio por pensar. Si existiera también la posibilidad de responder a la pregunta del estado mental, mi respuesta sería evidentemente cachonda. Hice partícipe de estas tribulaciones a Adriana, que me reconoció que ella, ahora, estaba en esa misma situación, por lo que nos reímos mucho, con las similitudes. Estábamos en un momento de higiene mental. Cierto letargo cotidiano se estaba empezando a apoderar de nuestras vidas.

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