Capítulo 15: MESALINA DIVINA “Limpieza Interior”

Algo iba cambiando en nuestra amistad, Adriana le había cogido el gusto a quedar casi todas las semanas para nuestros aquelarres de purificación física, unas veces, y especialmente mentales, la mayoría. Se estaba convirtiendo en una alumna aventajada de mis clases de “Sexo Morboso para principiantes” . Y, mientras, también aprovechaba para ampliar su sabiduría mundana y frívola de la que yo también era una gran gurú.
Íbamos dejando que nuestros cuerpos disfrutaran de diferentes cuidados más o menos dolorosos, pero con resultados siempre positivos sobre nuestro ánimo, una vez concluidos, por supuesto.
Pudimos comprobar la eficacia de los circuitos termales urbanos o en spas rurales ambientados en entornos idílicos o probamos los mil y un tipos de masajes en partes del cuerpo aun desconocidos para el resto de los mortales, tales como masajes Kobido, Thailandés, Reiki, Ayurveda, Balinés, etc.
Algo más gourmet, eran nuestras catas de cervezas con degustación de quesos ecológicos, o nuestras visitas a restaurantes exóticos tales como árabes, etíopes, salvadoreños o algo más cotidianos y mundanos como mejicanos, italianos o americanos. Sufrimos tratamientos de Criolipólisis, blanqueamientos Led, Pack faciales o corporales, Mesoterapias, Presoterapias, Microdermoabrasión. Todo aquello que resultara novedoso y nos hiciera sentirnos bien. Estábamos dispuestas a hacer las excursiones necesarias al parque de atracciones del cuidado corporal y mental.
Nos introdujimos en un mundo lleno de posibilidades, crematísticamente infame, porque nos dejamos una pasta, pero nuestros espíritus junto con estos envases cuarentones algo degastados lo agradecieron inconmensurablemente. Estábamos estupendas.
En el último aquelarre con Adriana, fuimos a un tratamiento de hidroterapia de colon. Algo muy “escatológico” que consiguió unirnos aún más.
Cuando llegamos nos preguntaron que si nos importaba “hacerlo juntas”, a mí, la verdad, me daba lo mismo. Si una señora que no te conocía te iba a meter un tubo por detrás e iba a removerte por dentro para que evacuaras la suciedad incrustada de tus intestinos delante de ella,
-“¿Cómo me iba a dar vergüenza que estuviera una amiga conmigo, que la conocía desde hacía tiempo?.”-
La sala era curiosa, con posters zen en las paredes, repletos de budas “salidorros”, porque se pasan el día viendo culos y tetas. Había una camilla, nada glamurosa y un par de sillas enfrente de la camilla. La esteticista nos preguntó quién quería ser la primera y yo me lancé a la aventura.
-“Túmbate”- me dijo.
Yo obedecí y me tumbé bocarriba, sin darme cuenta de a lo que realmente iba.
– “Y tú- dijo mirando a Adriana- Siéntate en esa silla”-.
-“Vaya espectáculo- pensé – con voyeur incluido”-.
Se volvió a dirigir a mí y me dijo:
-“Necesito que me pongas el trasero”-
Así que me encaramé en la camilla, apoyé mis rodillas en la misma y le puse el culo en la cara, a la buena señora, que aunque no la veía me la podía imaginar. Como si fuéramos a tener sexo.
Adriana empezó a morirse de la risa y la pobre chica me dijo, intentando no reírse mucho.
– “En fin, nena, aquí vienes a limpiarte, con haberte puesto de lado, mientras estabas tumbada hubiera valido, que el tubo no es tan agradable”-.
Cuando ya me había colocado tal y como me había indicado la profesional, la vi coger entre sus manos un tubo largo, larguísimo, trasparente, que amenazaba introducirlo por mi trasero.
Si ya era algo perturbador el tema, la pregunta de si dolía, fue algo más incómoda, porque si estaba habituada al sexo anal, un tubito de ese tamaño no me haría pasar ninguna pena, por lo que sólo alcancé a sonreírla de forma jocosa, ocultando que más bien lo que me producía era gustirrinín.
Lo que sucedió después fue bastante desagradable, apretaba el tubo aumentado la fuerza de la corriente, mientras yo tumbada de lado, veía pasar mis miserias y disfrutando del tubito donde la espalda tiene su fin. Pero todo lo bueno en esta vida se acaba y después de varias pasaditas, de continuos ir y venir, me lo retiró dejándome una sensación extraña, como que lo iba a echar de menos.
A todo esto Adriana estaba muerta de la risa. Al verla así de gozosa, la dije
– “Ríete, que ahora te toca a ti y te van a poner el tubo gordo”-
Después de la intensidad del momento decidimos irnos a tomar unas cervecitas, aunque nos lo habían desaconsejado, después del purificador tratamiento. Estoy segura que de aquel día Adriana tenía una versión más pudorosa que la mía. Después de tan maravilloso momentazo, percibía que íbamos haciendo más planes juntas, que nos gustaban. Habíamos empezado a ver el otro lado de las cosas.

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