Capítulo 16: MESALINA DIVINA “Vampira Blanca”

Adriana era mi vampira blanca de energía, me la absorbía cada vez que nos veíamos. Ese tipo de chupasangres emocionales, son inofensivos para la víctima, a diferencia de los vampiros negros, que te chupan lo que tienes y lo que no.
A mí no me importaba que ella extrajera lo mejor de mí, para reactivarse, esencialmente porque me encantaba compartir mi vitalidad con las personas que quería. Las sinergias emocionales son un buen ejercicio diario para que la felicidad vaya cogiendo buena forma. Según Aristóteles, ”La energía de la mente es la esencia de la vida”, y ella lo necesitaba.
Nosotras nos encontramos, porque estaba destinado, entre dolor, esfuerzo, trabajo, desamor e incluso amor. Procedentes de dos planetas antagónicos, complementarios y equidistantes. Empero la amistad, a diferencia del amor, es para siempre y se halla en los valles de la experiencia vital o en las orgías de emociones puntuales. Ella absorbía energía, yo le robaba la calma.
Cuando Adriana se traía a Jimena, yo me encontraba bastante incómoda, nunca había sabido cómo tratar a los niños. Son seres que sueltan las cosas tal y como las piensan, que adolecen de filtros. Se comportan como sus mayores próximos les han enseñado. Emocionalmente disparan los sentimientos sin control, sea la ira, la risa, la tristeza o la felicidad. Siempre moviéndose en los topes de las escalas, no conocen lo ordinario, lo mediano, el ni fu, ni fa. Pueden ser adorables o verdaderos monstruos. A mí siempre me habían desconcertado, no sabía cómo acercarme a ellos, ni cómo hablarles, odiaba la vocecita y el exceso de la utilización de “–itos” cuando nos dirigíamos a ellos, como si fueran gilipollas.
Jimena era una niña demasiado taciturna, lo había heredado de su madre, su piel cetrina no desentonaba nada con lo anodino de su actitud. Al principio de conocernos, nos pasábamos horas mirándonos de reojo mientras hablábamos Adriana y yo. Sin dirigirnos directamente la una a la otra. No obstante en los últimos tiempos, quizás porque el humor de su madre había cambiado desde que conoció a Roberto, estaba más dicharachera, sonreía mucho y se atrevía a contar anécdotas de su escuela. Continuaba sin saber cómo dirigirme a ella, pero al menos, tácitamente, íbamos resolviendo esa tirantez inicial.
La última vez que Adriana se la trajo, me cogió de la mano, mientras tomábamos una coca cola en un centro comercial de las afueras de Madrid. Me hizo sentirme bien, notar sus dedos cortos y suaves deslizarse por debajo de la mesa en mis manos. No pude evitar mirarla y torcer mi boca a modo de sonrisa tímida. Conectamos y no me produjo la misma sensación que su madre, con ella, a diferencia de con Adriana, pareció que equilibramos nuestras energías, cosa que nos animó a ambas. Me sedujo esa sensación de complicidad infantil.
Adriana me contó una vez que aunque ella había sido diseñada, para que lo único que quisiera en esta vida fuera ser madre. Primero, se lo inculcaron sus padres que siempre se arrepintieron de no haber tenido más que una hija. Luego por Rodrigo que la programó minuciosamente, para satisfacer su propia necesidad de afianzar su estirpe, aunque siempre proclamaba que no deseaba tenerlos.
A sus padres los terminó decepcionando, primero porque sólo pudo darles una nieta y segundo porque, según ellos, la había perdido porque Rodrigo había sido mejor padre, que ella madre. Y su marido, la presionó tanto con la maternidad que llegó a repeler el solo hecho de convertirse en la figura materna. Ella pensaba que no lo había hecho nada bien, que tantos años de preparación, realmente no la sirvieron para nada. La maternidad no se hace, se nace. Puede que esté latente y no aflore hasta que no sea el momento, pero si la intentas construir dentro, produces el efecto contrario, la destruyes.
A mí esa reflexión me martirizó una temporada, indagar en mi interior en busca de los frutos venideros, no había sido nunca una prioridad. Cuando me preguntaban si quería ser madre, siempre lo negaba con cierta rotundidad, a veces, de forma incluso brusca, como si fuera algo aberrante, era algo en lo que nunca había meditado.
Al llegar a casa me dio por pensar si yo era yerma por decisión o por naturaleza. Mi reloj biológico nunca se había activado y ya superados los cuarenta me parecía que estaba algo averiado. No obstante fue la primera vez que sentí esa llamada femenina.
Me duró unas horas, hasta que sobre las ocho de la tarde me llamaron unos amigos para ir a tomar unas copas. Sin hijos, tenía la libertad de hacer lo que me diera la gana cuando quisiera, sin justificarme y sin culpabilidad.
No había ningún sentimiento mejor que la libertad, ni siquiera la maternidad. Entonces lo eliminé de mi mente. Cualquier tipo de pensamiento gazmoño que aflorara en esa dirección sería destruido inmediatamente, sin pasar por la papelera de reciclaje, por si pudiera en algún momento de cierta debilidad ser salvado de nuevo. Me consta que en la vida, no siempre las decisiones se toman en el momento adecuado e incluso cuando no se eligen tampoco es el instante preciso. Sin embargo, la maternidad es una elección que, antes o después, jamás se equivoca una de haberla tomado.

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