Capítulo 17: ADRIANA “Hoy hacemos un año”

Habían sido unos meses de intenso amor y de excitantes nuevos retos profesionales. Decidí ponerme a trabajar, porque durante estos años, aunque no tenía ningún empleo, había hecho muchos cursos y un par de masters relacionados con la rama sanitaria. Y lo que parecía ser una inversión en el banco de la vida, se convirtió en mi salvación pecuniaria al divorciarme. El descubrimiento de mi enfermedad, también me hizo replantearme la necesidad de indagar más, alimentar de sabiduría mis aún rudimentarios conocimientos, tuve cierta curiosidad, quería recordar muchas de las cosas que había estudiado en la carrera.
Así que, cuando ya estaba recuperada del cáncer y sólo tendría que pasar por revisión a los cinco años, empecé a trabajar de enfermera en el Hospital Infanta Sofía de Madrid, con unos turnos demoledores, pero que me tomé con una energía y algo de positivismo inusitado en mí.
Trabajaba muchas horas, especialmente los días en que Jimena estaba con su padre, porque aunque era muy feliz con Roberto, echaba de menos a mi niña todos los días. Había conseguido que mi ex permitiera a Jimena quedarse algún día en casa y que yo la pudiera llevar a clase. Estaba a punto de solicitar la custodia compartida, ahora que tenía ingresos, había superado la enfermedad y tenía cierta estabilidad emocional. Pero no me atrevía a proponer a Roberto que ella viniera a vivir con nosotros; mis miedos, como siempre, paralizaban mi iniciativa.
Fue una época de bastante calma, una especie de rutina caótica, nada aburrida. Me asignaron la planta de cirugía. Creo que vieron en mí mucha serenidad y pulcritud. Realizaba las curas, administraba la medicación, preparaba a los pacientes para el quirófano. Conocí a mucha gente interesante y a otra menos. Sin embargo, lo mejor, fue darme cuenta que había en el mundo mucha gente que sufría más que yo, eso empequeñeció mis problemas.
Fue en el hospital donde me encontré con Manuela, tenía ochenta años y estaba profundamente enamorada de un galante señor un poco más joven que ella, que tenía setenta y cinco años. Se habían conocido en el bingo dominical que organizaban en la casa de mayores del barrio. Él acudía todas las semanas y ella cuando la dejaban sus hijos, quienes la tenían excesivamente controlada.
La vida de Manuela había sido muy difícil. Se casó muy joven con Nicasio y tuvieron muchos hijos, hasta trece partos pasó la pobre Manuela, pero solo sobrevivieron al nacimiento ocho. El más pequeño, Alberto, que había sobrevivido junto a los otros siete, murió tiempo después debido a una sobredosis. No sin haber martirizado, robado, incluso golpeado a su madre varias veces para obtener dinero y así poder drogarse en cualquier sitio. Sólo le quedaban siete hijos.
Constantemente desaparecía días de su casa, mientras su madre le esperaba angustiada y magullada. Sus otros hermanos, cuando murió su padre, dejaron a la pobre Manuela que solucionara el problema de Alberto y aunque sabían que su hermano la golpeaba y la robaba, como lo habían visto toda la vida en su padre, prefirieron mirar a otro lado y repudiar en cierta forma al hermano, sin ayudar a su pobre madre. Su muerte fue un alivio para ellos, pero Manuela se sumió en una terrible depresión. Sólo le quedaban siete hijos de trece partos. Como no tenía a nadie que la visitara, ni acogiera en sus flamantes casas, decidió buscar trabajo, porque la pensión de su borracho marido era demasiado pequeña.
Entró a trabajar como interna en una casa, donde la trataron mejor que su propia familia. Eran muy justos con ella y la hacían constantes regalos. Puso su propio piso en alquiler y se fue a vivir con estos señores, que no tenían nada de estridentes y parecían quererla de verdad. A los diez años de estar con ellos, a la señora de la casa, la ofrecieron un puesto muy importante en Argentina y decidieron irse a vivir a la Pampa. No pudieron convencerla de que se fuera con ellos, porque Manuela quería estar cerca de sus hijos, a pesar de que no la visitaban mucho. Por entonces, ella tenía cincuenta y ocho años. Sólo necesitaba unos pocos más para poder jubilarse. Trabajó en varias casas, unas mejores y otras peores y fue ahorrando con su sueldo, el alquiler de su casa y la pensión de su marido, una pequeña fortuna.
Fueron tiempos de mucha paz, no había nadie cerca que la insultara o la golpeara gritándola que no valía nada. Su marido fue bueno con ella, hasta que empezó a beber e irse de putas. Y su hijo se echó a perder cuando llegó a los quince años. Manuela creía que fue porque veía a su padre pegarla y su impotencia, mezclado con algo de cobardía y una herencia de adicción importante, le hizo caer en ese sucio mundo de las drogas.
Cuando consiguió jubilarse, sus hijos empezaron a pedirle dinero para unas cosas y otras, porque ella no lo iba a necesitar, según ellos. Si bien habían estado mucho tiempo sin aparecer, milagrosamente los domingos empezó a haber comidas familiares en las que el postre era el sobre que Manuela entregaba a unos y otros con dinerito, para una lavadora, un retoque o un viaje de esquí para los nietos, ésos que la miraban con desagrado y la besaban con repulsión. Ellos siempre pensaron que Manuela sólo había querido a su pequeño Alberto. Sin darse cuenta de que una madre, siempre protegerá al más débil, aunque no siempre sea al que realmente más quiera, sino al que más la necesite.
Uno de esos domingos, en los que Manuela estaba harta de mendigar amor a cambio de unas tristes monedas, les echó de casa a todos y decidió acabar con esa tradición reciente de la comida del fin de semana. Empezó a frecuentar las Casas Municipales de mayores. A ir de viajes con el Imserso y disfrutar del tiempo que le quedaba, con algo más de alegrías, porque de penas estaba bastante harta. Al principio iba sola, pero poco a poco hizo una panda muy divertida de amigas y amigos.
Muchas veces no lo pensamos, pero los mayores, pueden sentirse libres de prejuicios, no tienen problemas de embarazos y sí el dinero de sus pensiones. Algunos logran pensar que la vida les ha dado una oportunidad de disfrutar lo que no hicieron cuando decidieron únicamente sacar a los hijos adelante, sin permitirse el lujo de ciertas diversiones. Se dan cuenta de lo maravilloso que es re-vivir.
Conoció a Rai en el bingo y desde el primer día se enamoraron. Él había estado cincuenta años con el amor de su vida, había sido muy feliz, pero siempre supo que tendría dos amores. Su historia con Manuela fue hermosa desde el primer momento. Viajaban mucho, salían constantemente y decidieron vender sus casas e irse a vivir juntos a una residencia, mientras pasaban sus últimos días recorriéndose aquellos lugares que sus achaques les permitiera regocijarse. Los hijos de Manuela se negaron y organizaron un comando operativo para llevarse a su madre a vivir con cada uno de ellos cada seis meses, temiendo por su herencia. A la pobre Manuela, la dio un infarto al corazón, arañado con tanta incomprensión, desgarrado por el egoísmo de sus hijos. La tuvieron que poner uno nuevo, que vino con deseos y sentimientos renovados y sobrevivió, a pesar de que tuvo que estar un par de meses en el hospital, que fue donde yo la conocí. Manuela y Rai se casaron en secreto y vendieron las casas, para poder gozar de su amor el tiempo que les quedaba.
Cada día de su estancia en el hospital, al entrar en la habitación al mirar sus constantes y preguntarle cómo iba, allí estaba Raimundo cogiéndole de la mano, leyéndole algún libro o simplemente viendo la televisión. A mí, la cara de enamorados que ambos tenían, me producía cierta desazón, porque no sabía si Roberto seguiría teniendo ese rostro de dicha cuando ambos estuviéramos en los ochenta. En ellos había triunfado el amor.
Tiempo después me enteré que vieron cumplido su sueño de vivir juntos en una residencia, en la que Manuela murió henchida de profundo amor y serena porque había podido sentir lo que era verdadero amor correspondido. Me produjo pena la noticia de su muerte. Aunque me alegró que fuera como ella había decidido. Sus hijos no tuvieron más herencia que el recuerdo de la magnífica mujer que había sido su madre.
Las vidas de otros nos hacen valorar mucho más las nuestras. El día que hacíamos un año, Roberto me envió un precioso poema, que me hizo pensar en Manuela y su segunda oportunidad en la vida.

Te invito a que empecemos a caminar juntos,
al mismo paso, con la misma meta, con las mismas ilusiones.
Te invito a que empecemos a compartir todo aquello que nos hace feliz.
También lo que no nos lo hace, para que se convierta en llevadero.
Te invito a que, cuando no pueda seguir caminando, me des de beber ilusiones y alegría, para reponer fuerzas; a que yo te alimente si tienes hambre, de amor y de sueños.
Te invito a que me acompañes hasta el final de mi vida,
que me sujetes del brazo y caminemos hasta allí.
Te invito a que seas el sol que me ilumine por las mañanas,
y yo la luna que te meza por las noches.
Te invito a que te quedes conmigo siempre….
HOY HACEMOS UN AÑO… y te hago una promesa de amor para toda la vida.

Me emocionó todo el chorreo de palabras empapadas de tanto cariño. La realidad era que un año no hubiera sido una fecha tan importante, si no hubiera sido el de las grandes decisiones, de las emociones a límite, de la vehemencia y del sufrimiento.
Habían transcurrido doce meses, que me habían trasladado al país de la dicha, en el que había escalado la montaña de las sensaciones placenteras, me había lanzado desde trampolines de las emociones divertidas, había paseado por los sinuosos caminos de la meditación compartida, había luchado con los fantasmas y demonios de mi yo pasado, había recorrido los desiertos calientes de la plenitud y fundamentalmente había conseguido endurecerme frente a la adversidad y relajado ante todas esas palabras hermosas.
Roberto me entregó todo lo que no había podido vaciar durante años de matrimonio rutinario. Temeroso de mostrarse débil ante sus hijos, como si no pudiera reconocer que el fracaso no estaba en abandonar a su ex mujer sino en no haberse enfrentado a la realidad antes.
Leí mil veces su poema, comprendí tantas cosas de nosotros dos. Le sentí más dentro de mí que nunca, ni un orgasmo de los que tanto me ofreció me produjo tanta sensación de poseerle como cada una de las letras encadenadas de ese poema.
Habíamos cargado con nuestras mochilas, soportado a nuestros ex, aguantado las crueles palabras de aquellas personas que decían querernos y nos lo ponían difícil, superado sus ataques de rebeldía adolescente, los bajones de mi apesadumbrado carácter, los arrebatos continuos de nuestros indómitos espíritus, el caos de nuestros trabajos. A pesar de todo, nuestra historia, la de amor, debía sobrevivir. Por eso me envió ese poema, sin saber que las promesas borrachas de amor virginal, son de resaca difícil. Los vómitos de sentimientos del corazón enamorado, desgarran la voz de la magia inicial. El amor hace pasar el tiempo; el tiempo hace pasar el amor. (Proverbio italiano).

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