Archivos Mensuales: julio 2020

TERCERA PARTE (El Nirvana) Capítulos 24 (Adriana: “vete” ) y capítulo 25 (Mesalina Divina “Vuelve”)



El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan, pero para quienes aman, el tiempo es eternidad . Willian Shakespeare (1564-1616) Escritor inglés.


ADRIANA
Vete

No sé dónde encontré la fuerza para hacer lo que hice. Me sorprendió la determinación con la que abordé la situación. Había perdido la llave de mi propia cárcel y al buscarla encontré otra forma de salir de allí.
Roberto era el mejor hombre que podría jamás conocer, pero no era el que me podía hacer a mí mejor mujer. Era la versión dulce de Rodrigo. Ambos habían tirado de mi, meneándome sin piedad, para sacar todo lo que ellos necesitaban, sin consensuar conmigo si realmente era lo que yo requería.
Quise mucho a Roberto, demasiado quizás, sin embargo opté por decirle que se fuera. A Rodrigo le dejé ir, porque nunca supe tomar decisiones y esperé a que fuera él. A Roberto le invité yo, porque había madurado, seguía bloqueándome, pero había aprendido a ser capaz de aceptar las consecuencias.
Preparando la despedida caí enferma. Estuve una semana en cama, suspirando por los momentos vividos, rompiendo los recuerdos frágiles, vomitando las palabras de consuelo y reviviendo en forma de pesadillas todas aquellas idas y venidas de Roberto a su mundo paralelo de padre resignado. Repasé todo lo bueno y lo poco malo de él. Comprendí, que la zigzigueante ruta vital hay que superarla sola, que no en soledad. Aunque realmente, dos o una multitud, no hacen que esa sensación de abandono desaparezca.
Siempre pensé que no estaba completa, que yo era un puzle que necesitaba las piezas masculinas para componerse. Quizás era en lo que me había convertido durante demasiado tiempo. Ahora era un lego que podía transformarse en cualquier cosa, crecer hacia arriba, para tocar mejor el cielo de la omnipresencia, expandirse a los lados para abarcar más superficie de emociones o construir laberintos en los que dejar corretear mis pensamientos.
Al percibir la verdad tan de cerca, tan real, observé que todo lo demás parecía mentira. Estuve años deleitándome con momentos románticos, siempre acompañada. Había llegado el momento de continuar sola.
Fue extraño cómo todo se iba desinflando imperceptiblemente. El huracán de la pasión inicial. Se trasformó en un viento suave, luego en una brisa cálida y, sin apenas fuerza para terminar, en una calma que asustaba. No se movían ni los árboles del amor pasado, ni las aguas del cariño que otrora fueron cataratas sin control.
Fueron tiempos de paz no buscada, pero si hallada, que nos permitieron madurar lo que hubiera sido esa historia de amor en los años venideros. Se abortó la misión. Las partes implicadas, no lo estaban tanto. Murió despacio. Se diluyó muy lentamente. Ninguno fuimos conscientes realmente hasta que yo di el paso.
Roberto se lo tomó con calma. Sinceramente, se lo esperaba. Yo llevaba un tiempo huidiza, serena y mi rostro estaba descansado con sinuosas sonrisas de desidia. Él me conocía tan bien… Hacía tiempo que se había dado cuenta que ya no le necesitaba. Deseaba avanzar y él formaba parte de mi problema, era un obstáculo.
La tarde que hablé con Roberto, lloramos mucho, igual que el primer día que nos conocimos. Estuvimos contemplándonos, acariciándonos, sintiéndonos, completamente embelesados. Aquel que fue amor al primer tecleo y enamoramiento a segunda vista se había fundido en la nebulosa de nuestras vidas. Nos reímos a carcajadas histriónicas de los momentos torpes de ambos, nos mantuvimos en silencio cuando recordamos nuestro sexo rebosante de dulces pensamientos, atrevidas ideas y espasmódicos movimientos al unísono.
No volvimos a vernos jamás, sabíamos que hubiéramos vuelto sin haber resuelto lo que fluía entre nosotros, por el simple hecho de que nos amábamos de verdad. Sin embargo, el amor no es siempre suficiente y eso era lo que nos había sucedido.
A veces enviaba algún email para que supiera que todo iba bien en su vida. Se había vuelto a casar y había tenido una niña que adoraba. Aunque supo que la vida que él creía idílica no era lo que ahora vivía, también supo que conmigo tampoco lo hubiera conseguido. Logró poner en su sitio a su hijo mayor, pero fue demasiado tarde.
Sinceramente dudo que todo esto le diera verdaderamente la felicidad, porque sabía que aún me amaba, sin embargo era su elección. La mía era estar por un tiempo sin hombres. Aprender a vivir sola, tomar decisiones arriesgadas, a pesar de que me provocaran nauseas de vértigo. Habría que superar los obstáculos que el azar siempre lanza.
Me sentía plena, había avanzado, ahora podría retomar un nuevo camino, aquel que me deparase ese ambiguo destino, que en otro tiempo pensé que era cruel.

MESALINA DIVINA
Vuelve

Estuvimos meses evitándonos. No fue complicado, porque tuve que viajar a las otras delegaciones por la implantación de un proyecto nuevo y aproveché para alargar las estancias con excusas peregrinas que parecieron creíbles. Nadie cuestionó absolutamente nada.
No supe si él lo pasó tan mal como yo, ni siquiera si me echaba de menos o si había encontrado otro cuerpo del que gozar, además del de su mujer. Fueron días complicados, en los que empecé a arrastrar una tristeza difícil de describir. No era como la eterna y pesarosa aflicción de Adriana, que le envolvía todo su ser y escupía negatividad. En mí, se disipaba e iba y venía según su antojo. Quizás sólo mis ojos mostraban esa nebulosa taciturna.
Trabajé y trabajé hasta desfallecer, caía exhausta en la cama. Las primeras horas conseguía conciliar el sueño, sin embargo, cuando sólo habían pasado tres o cuatro horas, me desvelaba y empezaba a darle vueltas a todo, lo que me producía un tonto insomnio que no servía para nada, porque mi estado de concentración disminuía de tal manera que lo único que podía hacer era revolver pensamientos recurrentes sobre él. Había llegado a ese punto en el que te preguntas si compensó verdaderamente lo vivido, por todo lo que posteriormente había sufrido. Y me di cuenta que si al menos él se hubiera enamorado de mí, quizás habría valido la pena.
Todos esos viajes, comer fuera en restaurantes interesantes, las idas y venidas a mi cuco apartamento. Me enseñaron a ser un poco más trotamundos, a no sentirme atada a nada material y tampoco a nadie que me pudiera hacer daño, por no corresponderme con amor.
Durante este tiempo únicamente vi un par de veces más a Adriana. Ella empezaba a dudar de su relación con Roberto. Tanta congoja se me hacía insoportable. Yo la quería mucho, pero me quería aún más a mí, no de una forma egoísta. Si no deseaba enfermar, debía apartarme de todo lo que fuera pernicioso para mí y ella no me ayudaba.
Sería mayo, yo estaba en Valencia, había empezado a cogerme destinos playeros para poder aprovechar y quedarme los fines de semana relajándome junto al mar. Durante la semana, sólo tenía tiempo de salir a cenar en algún restaurante a pie de playa y a veces quedaba con algún chico a través de Meetic, que al menos cumpliera con mis deseos carnales. Para ser sincera, fue un tiempo de bastante bullicio vaginal. Sin embargo, no puedo decir que estuviera satisfecha y mucho menos feliz.
Cuerpos jóvenes o más maduros, ansias de orgasmos rápidos, sucios. Sexo incongruente que quizás mejoraba mi cutis, pero no mi alma. Sabía que si continuaba así podría enfermar no de amor, o desamor, sino simplemente de incapacidad de ser amada.
Eran las siete de la tarde cuando entró esa llamada, que jamás podré olvidar. Me explotó en los oídos y arrasó todo mi interior con su onda expansiva. Olga, la mujer de Alejandro, me llamaba porque él la había hablado de mí..
Alejandro tenía un tumor cerebral. Se lo descubrieron por un desmayo que desembocó en una visita a urgencias. No volvió a salir del hospital. Estaba tan agarrado a esa mente tan inteligente y se había expandido de tal forma, con tanta ansiedad a su cuerpo, que era casi imposible arrancarlo. Ni con mordiscos de bisturí. Cuando lo descubrieron, ya no había nada por hacer. Le iban a operar pero quizás no saldría con vida.
Todo fue demasiado rápido. Su mujer no pudo o no supo reaccionar con entereza y se derrumbó. Alejandro demasiado asustado y excesivamente agotado, tuvo que ponerse al frente de una situación casi hilarante por cómo se desarrollaba. Se encargó de organizar a sus padres, sus suegros y preparar a los niños para lo que trágicamente iba a suceder.
Ahora revisando mis huidizos recuerdos de esos días, encuentro una profunda muestra de amor por su mujer y especialmente por mí. Le dio tiempo a confesar su aventura conmigo y más allá de negarla o banalizarla le confesó a su mujer que nos amaba a ambas. Yo le complementaba y ella le compenetraba. Le dijo balbuceando entre lágrimas que había tenido la suerte de haber conocido a las dos mujeres más maravillosas que pudieran existir.
Quien conociera a Alejandro y ella sí lo conocía, sabría que eso era amor puro. Le habló de mí y lo que había descubierto de sí mismo en los últimos meses, no olvidó un detalle, una palabra entregada, ni un beso lanzado. Lloraron juntos. Sin embargo, ella supo que él le estaba entregando la única parte íntima que no hubiera podido poseer, sino hubiera sido porque realmente la quería.
La llamada era de Olga. Él no se lo había pedido, pero ella quería que yo estuviera para despedirme de él. Tomé apresuradamente un avión y fui directa al hospital de la Paz. Cuando llegué a la habitación, Alejandro estaba entubado y relajado, rodeado de gente que le quería. Olga pidió a todos que salieran de la habitación para dejarnos a solas unos minutos. Al preguntarle quien era yo, con toda la serenidad y entereza del mundo, dijo:
-“El otro gran amor de Alejandro”-
y salieron de la habitación con cierta solemnidad y un silencio incómodo.
Creo que fue el peor momento de mi vida, le abracé como pude, sorteando la maraña de tubos enredados a lo largo de su musculado cuerpo. No conseguí llorar. Tenía todas las lágrimas del mundo esperando poder salir, como el agua retenida de una presa, sin embargo no podía liberarlas. Me bullía la cabeza, la sangre recorría mis venas de forma pesarosa y sentía su latir. Me temblaban las manos convulsivamente. No hice, ni dije nada. No pude siquiera llorarle.
A los pocos minutos entró Olga y me abrazó con un cariño del amor compartido y con una mirada de recelo por todas esas mentiras ocultadas. Pensé que era una gran mujer y comprendí perfectamente el que Alejandro no la abandonara por alguien como Yo. Nunca hubiera podido ofrecerle ese remanso, esa confianza, esa seguridad y esa sonrisa de aquella que te espera para prepararte la vida .
Me fui mareada del hospital. Al llegar a casa encendí una vela en el salón y en voz alta intenté contactar con mi fantasma encadenado. Ese que el viejo brujo africano me había dicho que llevaba junto a mí. Porque por fin había entendido que debía dejarle partir en tranquilidad. No sabía quién podía ser, sin embargo, si había estado tanto tiempo junto a mí y necesitaba mi perdón, se lo tenía que entregar. Me redimí de todo aquello que hubiera podido hacer mal, no de mis libidinosos pecados, porque esos son placeres que no duelen a los demás. Sino de todo aquello que había podido producir daño en otros, aunque lo hubiera hecho inconscientemente. Me sentí muy triste, pero también muy libre.
Esa noche, Alejandro murió sin saber que las dos habíamos estado allí, compartiendo la pena de un hombre que nos quiso por igual pero de diferente manera.
Comprendí la frase que el personaje de Nick Nolte (Tom Wingo) le dice a Barbra Streisand (Susan Lowenstein), cuando ella le pregunta
– “¿Por qué vuelves con tu mujer, es que la quieres más?”-
A lo que él le responde:
– “No, pero a ella la quiero desde hace más tiempo”-
Esa frase, en lugar de entristecerme, me reafirmó, le amé aún más y mejor. Fui consciente de que él también había sufrido un amor irreverente y alocado que le dio mucho impulso y vitalidad. Estaba acostumbrado a las emociones fuertes y desde luego, lo que habíamos tenido lo había sido. Olga, en cambio, siempre sería su guarida, su protectora, cuidadora, la madre de sus hijos y aquella que le aportaba ese gancho de seguridad, además de proporcionarle el equilibrio necesario para combatir sus impulsos y cumplir con sus obligaciones.
Tardé algún tiempo en volver a ser yo. Quizás, desde mi divorcio, realmente había sido una versión muy frívola y hedonista de un yo versionado a trompicones. No deseaba volver a ese punto y empezar de nuevo, sino pararme y comenzar a pensar en el siguiente paso, de la misma forma que siempre lo había hecho, despreocupada. Sin embargo, sí que aseguraría que esas pisadas, una tras otra, fueran hacia la dirección adecuada para no estar volviendo hacia atrás o pidiéndome perdón a mí misma o a otros que pudieran seguirme por las equivocaciones.
Creo que no superé la muerte de Alejandro, porque significó el fallecimiento de mi lado más banal que había estado cultivando en los últimos tiempos.
Reconocí en mí, actitudes parecidas a Adriana. Incluso cultivé cierta compasión masoquista. En el fondo no deseaba volver al punto de partida de mi divorcio, pero tampoco al día que él desapareció de nuestras vidas.
La muerte de Alejandro no mató algo dentro de mí, hizo resurgir todo aquello bueno que yo tenía. Especialmente las ganas de vivir y disfrutar. También supe que volvería a amar. Había sido capaz de hacerlo y eso sólo podía significar que había un corazón que latía a ese son que siempre me había parecido cursi y liviano.
Era paradójico que aquello de lo que había huido tanto tiempo, fuera justo lo que me había hecho darme cuenta que no podría vivir sin ello. No deseaba ataduras, sin embargo este tipo de anhelos no pertenecen al libre albedrío. No podría cerrar todas las llaves de mi cuerpo para no sentir dolor o sufrir. No podría aguantar toda una vida sólo con placer. No era eso realmente lo que yo había estado buscando.
El amor, no es sólo lo que hay entre dos personas de forma carnal, es algo que nos perpetuará porque es nuestro motor, que se impregna en aquellas personas que queremos sea de una forma u otra. Descubrí que todo lo que se tiene dentro se puede compartir y gozar. Aprendí que podría amar parejas, familia e hijos. Todo se organizó dentro de mi cabeza y con un cuaderno de bitácoras me lancé al mar de la vida. Tomando como referencia el horizonte, pero sin pensar en mi destino.

Capítulo 23: ADRIANA “Sigo la Huella”

Han pasado cuatro años. Nuestra relación ha ido poco a poco desinflándose, él viene temporadas a vivir conmigo y luego se marcha porque necesita espacio. Es en esas épocas, en las que estamos cada uno en su casa, en las que revivimos el noviazgo del principio, nos sentimos más libres, como si empezáramos de nuevo.
Creo que me drogó con sus palabras y me ahogó con sus pocas ganas de hacer. Su hijo fue dinamitando poco a poco lo bello de nuestra historia. Con continuos reproches, le hizo sentirse mal por haber dejado a su madre. Roberto, no era una persona fuerte, no supo nunca cómo educar a sus hijos. Sin embargo su vástago mayor sí que aprendió a manejar los sentimientos de su padre. Yo nunca le gusté, creo que me veía patética para él y aunque le hacía feliz, no deseó quererme nunca y menos aceptarme, ya no como su madrastra, ni siquiera como novia de su padre.
Se negó a venir a casa y declinó la petición de Roberto de que fuera testigo en nuestra boda. Estoy segura de que esa era la razón por la que fue retrasando la fecha para casarnos. Los hijos egoístas pueden arrancarte hasta las colillas de la pasión aún no apagadas. Cuando Roberto miraba a sus hijos, podía ver su mirada. Era la más bella del mundo y conmigo ya ni siquiera le brillaba.
Me imagino que él también se fue cansando de mi forma de ver la vida, no me di cuenta de cuándo dejé realmente de formar parte de la suya, aunque hacíamos aún todo juntos, no sé, si yo me quedé atrás, o si, en cambio, le adelanté. No supe realmente sujetarme fuerte a su mano para caminar juntos. Nuestros ojos comenzaron a mirar diferentes horizontes, nuestros corazones a soñar distintos paraísos y nuestros oídos a escuchar otras canciones de amor.
Cuando las almas están cerca, se susurran con dulces palabras, pero si comienzan a alejarse se gritan con estridentes sonidos. Él ya no era esa tibia brisa que me acariciaba en la espalda y me animaba a continuar, ahora se había convertido en esa persona que me escupía en la cara con reproches continuos.
Algo se rompió, mi vientre se quedó vacío de risas, mis oídos silenciosos de gemidos, yo me quedé abandonada de él. Poco a poco, se fue alejando. Ambos buscábamos excusas, poco creíbles, para no quedar o dejar de hacer cosas que desde que nos habíamos conocido siempre habíamos hecho juntos.
Buscamos y encontramos nuevos amigos que nos arrastraban a fiestas o excursiones para animarnos y que lo único que lograban era distanciarnos aún más. Nos queríamos muchísimo, pero no era suficiente. Todo aquello que creímos que habíamos superado, ahora se tornaba en una maraña de problemas que había elevado un muro inexpugnable entre nosotros.
Además, su hijo, por fin, encontró una novia, que por lo visto le hacía tan feliz, decidiéndose a ir a vivir con ella. Sin embargo como no le llegaba para mantenerse con lo que tenía, le propuso a su padre que no vendiera la casa que poseía y aguantara un poco antes de irse a la mía. Le convenció, diciéndole que quería pasar más tiempo con su padre y le propuso irse a vivir con él, si se quedaba en ese loft tan mono. Roberto no supo decirle que no, aun a sabiendas que no se llevaba únicamente a su hijo allí, sino que esa novia tan sosa también entraba dentro del paquete. Sin embargo, aceptó de todas formas, porque vio una oportunidad de recuperar a su hijo, sin darse realmente cuenta de que no se puede recuperar lo que nunca se tuvo. Así que, aunque intentaba disimular conmigo, cuando su hijo se quedaba sin pasta, me decía que necesitaba espacio y se iba con ellos, a sufragar todos los gastos que se generan cuando uno se independiza.
Me consta que hubo muchas discusiones entre ellos, pero la familia es lo único de lo que nunca te libras y siempre terminas perdonando. Así que me resigné, como siempre. En esta guerra sólo hubo un bando vencedor, y fue precisamente aquel que no fue a la contienda, su hijo.
Mi desidia y su poca valentía hicieron todo lo demás. Después de estos años, una historia extraordinaria se convirtió en vulgar. Recordé en esos días, una vez que al entrar a casa, a los dos años aproximadamente de empezar a salir con Roberto, me encontré una especie de huellas de papel en el suelo, la primera decía “sigue las huellas”. Según avanzaba, iba leyendo lo que estaba escrito en cada una, “ésta es la huella de los deseos”, “ésta de las promesas”, “la siguiente la de los sueños”. Seguí cada una de esas pisadas repletas de muchas palabras, que ahora se tornaban huecas, a pesar de que producían un eco sordo.
Fui consciente, de que en este preciso instante tendría que desandar mis pasos porque ése ya no iba a ser ni mi camino, ni mi destino. Me quité los zapatos que había llevado los últimos años y descalza ante mi nueva vida, comencé a buscar unas nuevas babuchas que fueran aún más cómodas para lo que estaba por venir. Extraño en mí, me dejé llevar.