Capítulo 21: MESALINA DIVINA “Me rompo”

Llevo toda la tarde llorando. Me he enamorado como una estúpida adolescente. No quise renunciar a venideros placeres con Alejandro y ahora padezco un doloroso proceso. Estoy ofuscada, bloqueada, emocionada, excitada, expectante. Subo y bajo, todo el rato. Me pregunto por qué acepté que me llevara a casa.
Lo que iba a ser sexo de un día, un apaño, se estaba convirtiendo en algo más. El error fue no presentir que estábamos en el mismo momento vital, que nos habíamos encontrado con el mismo camino recorrido. Él había vivido mucho de joven, yo había experimentado los excesos en estos últimos años. Él se hizo mayor muy joven, yo me hice joven muy mayor. Era imposible no colisionar.
De repente nos habíamos tropezado justo en el kilómetro de la felicidad, del positivismo, del querer hacer, del poder con todo, estábamos viviendo realidades aceleradas, nos inundaba la plenitud, la madurez arrasaba.
Últimamente después de hacer el amor, le abrazaba y le susurraba lo que había experimentado al penetrarme tan lentamente. Utilizaba palabras excesivamente dulces para mí. Frases que envolvían de cariño algo tan visceral como el sexo. Me corría varias veces, cuando su piel me había hecho estremecer, cuando me acariciaba todo el cuerpo hasta los pies, algo torpe por la excitación, cuando los pezones se me ponían tan duros, que él no podía reprimirse otra embestida, que siempre terminaba en un orgasmo corto y deliciosamente punzante. Otras veces, cuando aceleraba, mientras sus dedos se revolvían dentro de mí, cuando ya no podía más y explotaba en mi espalda, empapándome lo que yo creía amor o quizás deseo y él vivía como lujuria, me llenaba de él, haciéndome imposible arrancar esa fatigosa conmoción. Luego vomitaba verbalmente aquello que no había podido decir a ningún hombre, revolviéndose aún más mi sucio interior.
Mis emociones no me dejaban respirar bien, notaba la sangre de la felicidad bombear, el corazón se me salía del pecho. Todo dolía pero había cierto masoquismo, era un dolor gozoso. Ya no vivía la vida secuencialmente. Saltaba de momento a momento cuando estaba con él, de forma deslavazada. Sin ningún sentido. En esta paleta de colores de sentimientos encontrados, lo que nunca me imaginé es que podría empezar a encontrarme cómoda.
Meses y meses pasaron, aunque me castigaba por haberme enamorado, también sabía que era feliz, en cierta forma era una relación más que conveniente para ambos. Yo tampoco había dejado de tener otros escarceos con hombres, que alimentaban mi ego y satisfacían mi vagina, pero desde luego, no me hacían palpitar como Alejandro.
El único dolor que no conseguía superar era cuando después de esos momentos íntimos, me tenía que separar de él para que pudiera dormir con su mujer. Me había convertido en su apéndice. Me había empequeñecido. Me arrastraba melosa, cada vez que pedía verme. Para Alejandro, yo era su droga. Su adicción iba en aumento y en los periodos de vacaciones con su familia, sufría un síndrome de abstinencia en el que compulsivamente me llamaba. Yo, tonta de mí, acudía a cualquier habitación de hotel cercano a donde él estaba y le esperaba, como cualquier “zorra”, a que satisficiera sus necesidades, acallara su mono y luego se fuera a la cama con su mujer, susurrándole palabras hermosas que mis oídos nunca oirían. Él la amaba, la respetaba y estaba profundamente enamorado de ella. Sin embargo, no podía desengancharse de mí.
Aunque muy tarde, llegué a comprender, lo que yo significaba para Alejandro. Otro de sus hobbies peligroso que le mantenía la adrenalina a tope. Era su montaña rusa de sentimientos extremos. Su mujer era el remanso, el descanso de los dioses y yo su acicate para mantener su virilidad viva.
Encuentros fugaces, escapadas rebeldes de trabajo, visitas nocturnas salpicadas de culpabilidad y vergüenza. Él también estaba enamorado, pero no me necesitaba, me disfrutaba. Nos situábamos en dos puntas diferentes de la cuerda. Si no conseguíamos equilibrar nuestros pasos, uno de los dos caería al suelo. Yo sin miedos previos, muy incauta por mi parte, no puse una red que amortiguara el golpe si me tropezaba. Él, cuidadoso por conservar lo que poseía, había diseñado una telaraña fuerte que le absorbería llegado el momento y le transportaría al lugar al que pertenecía, seguramente con muchísima congoja, pero ninguna posibilidad de volver a subir y lanzarse de nuevo.
Llegados a este punto, sólo cabía arriesgarse para descubrir dónde nos llevaba todo esto. Al menos yo necesitaba caminar en equilibrio y resolver la pregunta:
-“¿Hasta cuándo aguantaríamos?”-.
Todo me salía hiperbolizado por la boca, me atragantaba con tantas palabras que significaban amor, y únicamente una que indicaba lo contrario. Le odié profundamente, principalmente por ser como yo había sido.

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