Capítulo 22: MESALINA DIVINA “Síndrome del Corazón Roto”

Cuenta una leyenda de Bali, que durante la dinastía del imperio Majapahit, en la corte Singhasari, el atractivo y cruel emperador Hayum Warak propuso desposarse con la bella princesa Dyah Pitaloka Citraresmi. Su padre, el rey de Sunda, le dio su bendición y decidió acompañar a su hija a la boda en Majapahit. Después de una larga travesía en barco, cuando llegaron, se había modificado el acuerdo y en lugar de solicitar que la princesa se casara con el joven emperador, se la instó a que se convirtiera en una de sus concubinas. El Rey de Sunda se sintió humillado por la ofensa a su hija, por lo que organizó una batalla para defender el honor de la princesa. No sobrevivió a la misma, la familia se vio diezmada, además de humillada y la princesa decidió quitarse la vida .
Durante esa época, en un pequeño pueblo arrocero de Bali llamado Ubud, vivía un maestro llamado Gede que tenía cinco hijos, su mujer había muerto hacía años y él no había querido volverse a casar con nadie. De los cinco hijos, a la que más amaba era a Ketut(todos los cuartos hijos de las familias balinesas se llamaban Ketut), su cuarta hija. Era una joven terriblemente inteligente y curiosa, que desde pequeña había escuchado las lecciones de su padre a sus hermanos varones y lo había aprendido todo.
Su curiosidad era tal, que observaba la naturaleza y buscaba a todos los dioses supremos para comprender los porqués de las cosas, como Dewi Sri, la diosa del arroz o Apah, Dios de la naturaleza, y Rey de las aguas, o los Dioses de los lagos, las montañas.
Su rostro no era bello, pero irradiaba un brillo tan especial, mántrico, que inundaba el lugar donde estuviera. Su padre sufría verla crecer, porque llegaría un momento en que habría que entregarla en matrimonio y en el pequeño pueblo de Ubud no había muchos pretendientes que quisieran quedarse con la cuarta hija, que no sólo no era bella, sino que era inteligente y curiosa, casi una maldición para esas costumbres.
Cada mañana, cuando empezaba a amanecer, Ketut caminaba por las sinuosas escaleras de arroz desde el pueblo hasta un manantial de agua limpia y pura. Caminaba con los pies desnudos y aunque sus ojos eran de color miel al mirar los campos de arroz con ese verde intenso, casi eléctrico convertían su mirada en ciánica, con un azul verdoso saturado, y su sonrisa era el reflejo de las lagunas de agua rodeadas de altísimas palmeras. Sus pies descalzos se deslizaban por la colina, casi en un baile con el paisaje. A veces demoraba la subida sólo para sentir dentro de ella la humedad de los campos, que eran su alimento, su vida y su fin.
Se levantaba al alba y recorría varios kilómetros para traer agua de un manantial mágico, que todo el mundo creía que poseía poderes curativos, además de prevenir que los demonios juguetones pudieran entrar en el cuerpo de uno, produciéndole enfermedades que no le permitieran trabajar en los campos.
Caminaba hacia el trémulo horizonte algo desdibujado, con las prematuras luces del nuevo día, observaba como el cielo lamía las colinas y dejaba un regusto de placer en el ambiente, olor a la calima matutina. Ella, con sus cortos pasos, caminaba hacia la fuente mágica diariamente.
Cada mañana, Kadek(todos los segundos hijos de las familias balinesas se llamaban Radek), un muchacho de una aldea vecina, esperaba sentado en una roca saliente en el camino, meditando y rezando a los dioses.
Cuando Ketut dejaba de ser silueta en la lejanía, erguía su cabeza y sus ojos acariciaban en la distancia con cierta inquietud su cuerpo. La sonreía y esperaba a que pasara por delante de él, sin moverse, sintiendo el movimiento coqueto cada vez que llegaba a ese punto del camino. Ella ralentizaba el paso, lo armonizaba diferente, algo tímida. Le gustaba respirar esa brisa cómplice que parecía navegar entre ellos.
Se miraban fugazmente y al pasar, rozaban casi etéreamente sus cuerpos. Era la hora más dichosa para ambos. El chico sólo vivía para encontrarse cada mañana con ella. No se dirigían ni una palabra, sólo con las miradas cargadas de deseos era suficiente. Sentado, la seguía con los ojos, emborrachándose de su joven y tierno cuerpo. Suspiraba por ella, le inundaba un amor sin excesos que le obligaba a esperar con anhelo cada alba.
Pasaban los años y ambos se convirtieron en jóvenes casaderos. Su cita diaria era sagrada, ninguno de los dos había oído la voz del otro, pero se conocían profundamente, sus auras se mezclaban, ambos estaban irremediablemente enamorados.
Ketut seguía ayudando a su padre en sus tareas medicinales y él, a cambio, retrasaba lo que pudo lo irremediable. Un viejo sabio de la aldea, se acababa de quedar viudo y necesitaba una mujer joven y fuerte que le ayudara en las tareas del hogar y le diera vástagos para perpetuar su estirpe. Su primera mujer no había tenido semillas germinadas y se murió sin dejarle descendencia.
El padre de Ketut tenía que alimentar a sus otros hijos, así que con lágrimas en sus ojos, aceptó la petición de matrimonio que hizo el viejo
Ketut se derrumbó al enterarse de la noticia, como mujer no podría seguir estudiando, ni cuestionando, debería dedicarse a su anciano marido. Sintió repulsa con sólo la idea de que otro hombre, que no fuera su amor, la pudiera tocar.
La mañana siguiente, Kadek esperó con preocupación que llegara Ketut, pasaron los horas y él continuaba mirando el camino para vislumbrar el dulce rostro de ella. Según pasaban las horas, la humedad del ambiente se le colaba por todo el cuerpo, mojaba hasta su corazón. Cuando cayó la noche, Kadek continuó sentado en la roca, rogando a los dioses que no le hubiera pasado nada. Durante algunas semanas permaneció, allí sentado, con la mirada fija en la ruta de su amada. No quería comer, apenas bebía y notaba que su alma empequeñecía con la amargura de no poder verla. Durante muchos días se mantuvo hierático en el mismo sitio, esperando que por fin, ella, su amada, apareciera.
Mientras, Ketut contrajo matrimonio con el anciano sabio, los fastos duraron varios días y tras ellos, se recluyó en casa embargada de aflicción. Pero debía pensar en su familia, si ella no les ayudaba no tendrían que llevarse a la boca.
En secreto continuó aprendiendo remedios para curar enfermedades. Escuchaba a su marido que realmente era muy erudito y sin ser conocedor de la enorme curiosidad e inteligencia de Ketut le adiestraba involuntariamente. Ketut, había perdido su corazón, sin embargo su alma engordaba en conocimientos.
Ketut tuvo muchos hijos, cuando su anciano marido murió, recorrió el camino de antaño en busca del amor de su vida. Casi había llegado cuando pudo observar que Kadek aún, después de tantos años, se encontraba sentado en la roca, esperándola. Palpitando de excitación corrió a abrazarle, sin embargo cuando llegó, pudo comprobar que allí no estaba el propio Kadek. La piedra se había moldeado con la forma de él, que estuvo aguardándola tanto tiempo que se convirtió en roca. Ketut se postró ante él y lloró durante días .
Cuenta la leyenda que él murió de amor esperándola, su pena le resquebrajó por dentro, se fundió con la piedra y se convirtió en estatua. No obstante, las lágrimas de ella hicieron surgir un pequeño manantial mágico, del que se decía que “aquel que bebiera su agua y besara la efigie, permanecería siempre con su amado o amada”.
Kadet sufrió el síndrome del corazón roto, y yo estaba a punto de padecerlo. La única diferencia entre el dolor del corazón roto por abandono y el de la muerte, es los celos. Cuando te dejan, si estás muy enamorada piensas en las otras que le tocarán, que le besarán y con las que hará el amor. Cuando tu amor muere, siempre será tuyo, es tu posesión. Y eso aunque parezca una crueldad te ayuda a soportarlo.
No pude más. Le esperé, muchos largos días. Pensé que él elegiría quedarse conmigo, arriesgarse, como hacía siempre, y echarse a mis brazos, suplicándome que pasara el resto de mis días junto a él. No fue así, él no me quería de la misma forma que yo. Tuve que ponerle fin.
Había cometido dos errores. Enamorarme de alguien que no me correspondía de la misma forma y ser una cobarde. Le mandé un mensaje para decirle que ya no quería seguir así. No fui capaz de decírselo a la cara. Esos dos sentimientos tan vulgares y terrenales, habían aflorado en el momento más débil de mi vida.
No puedo recordar el tormento que viví las semanas siguientes. Me arranqué cualquier emoción de mi cabeza. No quería ser, ni estar. No podía andar, ni correr. No alcanzaba a vivir, ni a morir. Estaba en un limbo cruel de dolor. Sin embargo, sentía una extraña paz que anegaba todo mi ser.
Me pedí unos días en el trabajo y me fui a casa de Adriana a pasarlos. El sufrimiento me había sincronizado con ella. Creí que sería la única persona que podría comprender todo lo que sucedía en mi castigada mente. Por primera vez en mi vida, me sentí más cerca de ella en algo tan antagónico para mí como el dolor. Mi vampiro emocional iba a consolarme y darme algo de la energía sustraída a lo largo de estos años.
Al mes de romper con Alejandro, la pena inundó mi corazón, aturdiéndolo de tal manera que fue incapaz de bombear adecuadamente y sufrí lo que yo pensé que era un infarto y luego los médicos comprobaron que no era un ataque al corazón. En realidad fue un episodio de Tako-Tsubo, el síndrome del corazón roto. Noté que la espita del amor se rompía violentamente y desgarraba lo que tenía debajo de mi pecho. Nunca pensé que la expresión “romperte el corazón” fuera realmente tan fiel a lo que sientes cuando dejas de estar con la persona amada. Cuánto sufrí. No logro organizar mentalmente ninguno de los pensamientos que tuve. No estaba preparada para ello. Mi optimismo vital, practicado durante tantos años, me había anulado la capacidad de comprender la pena.
Lloré tanto que me explotó la presa coronaria. No pude aguantarlo. Estuve a punto de morir literalmente por amor. Afortunadamente me sucedió una noche que Adriana me dijo que podía dormir con ella en su cama. Reventé por dentro. Asustada desperté como pude a Adriana que me llevó de urgencia al hospital.
Pasados unos meses fui consciente de que las despedidas no cierran puertas, hacen girarlas y puedes intentar dar la vuelta entera o salir hacia el siguiente paso. A mí el duelo de la pérdida me partió por dentro de dolor. El pellizco del alma que él me sujetaba con las manos, me sobresaltó. Sin embargo, conseguí resurgir. 

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