Capítulo 23: ADRIANA “Sigo la Huella”

Han pasado cuatro años. Nuestra relación ha ido poco a poco desinflándose, él viene temporadas a vivir conmigo y luego se marcha porque necesita espacio. Es en esas épocas, en las que estamos cada uno en su casa, en las que revivimos el noviazgo del principio, nos sentimos más libres, como si empezáramos de nuevo.
Creo que me drogó con sus palabras y me ahogó con sus pocas ganas de hacer. Su hijo fue dinamitando poco a poco lo bello de nuestra historia. Con continuos reproches, le hizo sentirse mal por haber dejado a su madre. Roberto, no era una persona fuerte, no supo nunca cómo educar a sus hijos. Sin embargo su vástago mayor sí que aprendió a manejar los sentimientos de su padre. Yo nunca le gusté, creo que me veía patética para él y aunque le hacía feliz, no deseó quererme nunca y menos aceptarme, ya no como su madrastra, ni siquiera como novia de su padre.
Se negó a venir a casa y declinó la petición de Roberto de que fuera testigo en nuestra boda. Estoy segura de que esa era la razón por la que fue retrasando la fecha para casarnos. Los hijos egoístas pueden arrancarte hasta las colillas de la pasión aún no apagadas. Cuando Roberto miraba a sus hijos, podía ver su mirada. Era la más bella del mundo y conmigo ya ni siquiera le brillaba.
Me imagino que él también se fue cansando de mi forma de ver la vida, no me di cuenta de cuándo dejé realmente de formar parte de la suya, aunque hacíamos aún todo juntos, no sé, si yo me quedé atrás, o si, en cambio, le adelanté. No supe realmente sujetarme fuerte a su mano para caminar juntos. Nuestros ojos comenzaron a mirar diferentes horizontes, nuestros corazones a soñar distintos paraísos y nuestros oídos a escuchar otras canciones de amor.
Cuando las almas están cerca, se susurran con dulces palabras, pero si comienzan a alejarse se gritan con estridentes sonidos. Él ya no era esa tibia brisa que me acariciaba en la espalda y me animaba a continuar, ahora se había convertido en esa persona que me escupía en la cara con reproches continuos.
Algo se rompió, mi vientre se quedó vacío de risas, mis oídos silenciosos de gemidos, yo me quedé abandonada de él. Poco a poco, se fue alejando. Ambos buscábamos excusas, poco creíbles, para no quedar o dejar de hacer cosas que desde que nos habíamos conocido siempre habíamos hecho juntos.
Buscamos y encontramos nuevos amigos que nos arrastraban a fiestas o excursiones para animarnos y que lo único que lograban era distanciarnos aún más. Nos queríamos muchísimo, pero no era suficiente. Todo aquello que creímos que habíamos superado, ahora se tornaba en una maraña de problemas que había elevado un muro inexpugnable entre nosotros.
Además, su hijo, por fin, encontró una novia, que por lo visto le hacía tan feliz, decidiéndose a ir a vivir con ella. Sin embargo como no le llegaba para mantenerse con lo que tenía, le propuso a su padre que no vendiera la casa que poseía y aguantara un poco antes de irse a la mía. Le convenció, diciéndole que quería pasar más tiempo con su padre y le propuso irse a vivir con él, si se quedaba en ese loft tan mono. Roberto no supo decirle que no, aun a sabiendas que no se llevaba únicamente a su hijo allí, sino que esa novia tan sosa también entraba dentro del paquete. Sin embargo, aceptó de todas formas, porque vio una oportunidad de recuperar a su hijo, sin darse realmente cuenta de que no se puede recuperar lo que nunca se tuvo. Así que, aunque intentaba disimular conmigo, cuando su hijo se quedaba sin pasta, me decía que necesitaba espacio y se iba con ellos, a sufragar todos los gastos que se generan cuando uno se independiza.
Me consta que hubo muchas discusiones entre ellos, pero la familia es lo único de lo que nunca te libras y siempre terminas perdonando. Así que me resigné, como siempre. En esta guerra sólo hubo un bando vencedor, y fue precisamente aquel que no fue a la contienda, su hijo.
Mi desidia y su poca valentía hicieron todo lo demás. Después de estos años, una historia extraordinaria se convirtió en vulgar. Recordé en esos días, una vez que al entrar a casa, a los dos años aproximadamente de empezar a salir con Roberto, me encontré una especie de huellas de papel en el suelo, la primera decía “sigue las huellas”. Según avanzaba, iba leyendo lo que estaba escrito en cada una, “ésta es la huella de los deseos”, “ésta de las promesas”, “la siguiente la de los sueños”. Seguí cada una de esas pisadas repletas de muchas palabras, que ahora se tornaban huecas, a pesar de que producían un eco sordo.
Fui consciente, de que en este preciso instante tendría que desandar mis pasos porque ése ya no iba a ser ni mi camino, ni mi destino. Me quité los zapatos que había llevado los últimos años y descalza ante mi nueva vida, comencé a buscar unas nuevas babuchas que fueran aún más cómodas para lo que estaba por venir. Extraño en mí, me dejé llevar.

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