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HEALTH for my Body MINDFULNESS for my Head FREEDOM for my Soul FEELINGS for my Heart

Capítulo 9 : ADRIANA (A peor)

Rodrigo nunca quiso tener hijos y tuvimos que esperar muchos años. Yo, en cambio, siempre deseé ser familia numerosa, pero la vida a mí no me ha dado nada de lo que le he pedido.
Todo el mundo que me rodeaba, esperaba que viera las cosas de forma positiva, pero es que en esos momentos no podía. Tenía los ojos repletos de kilos de tristeza y por culpa de la quimio ya no poseía párpados con los que parar el torrente de lágrimas. Jimena era lo más importante que había hecho en mi vida y no conseguía hacerla feliz, era incapaz de hacerla dichosa, porque yo no lo era. Yo no me quería a mí misma.
Durante nuestro matrimonio habíamos acumulado un número importante de inmuebles, repartidos por la geografía española. En parte con el dinero de mis padres y en menor medida por lo ahorrado a lo largo de los años, con el nada despreciable sueldo de Rodrigo. En el divorcio, yo me encontraba tan débil, tan vulnerable y especialmente afligida, que le dejé a él quedarse con casi todo, únicamente le pedí que me dejara la casa, que había sido nuestro hogar durante tantos años y una pequeña pensión compensatoria, que por no compensar, no compensaba ni la cesta de la compra mensual. Todo esto se tradujo en un cambio de vida radical para mí. No pasaba hambre, pero sí me costaba llegar a fin de mes. Todo se tambaleaba. Mi salud, mi situación económica, mi vida emocional y mi posibilidad de ejercer de madre.
Demasiados abortos, demasiadas penas podridas en mi interior y cuando por fin tenía lo único bueno que había hecho en mi vida: me divorcio. Rodrigo me había obligado a que Jimena se quedara con él, alegaba que era mejor para la niña, que en mi casa el ambiente era demasiado denso de preocupaciones, tristezas y mucha enfermedad. En lugar de ayudarme con el calvario de mi cáncer, apretaba aún más el cuchillo del rencor dentro de mí. Me fustigaba con sus palabras hirientes, llenas de amargura. No terminaba de entender por qué me odiaba tanto, por qué deseaba quitarme lo único que tenía valor en mi vida, mi niña.
Rodrigo estaba obsesionado con que Jimena disfrutase de su hermano, el que tuvo con ella, la otra, y no percibía lo necesario que sería que estuviera también con su madre. Yo ni podía, ni sabía vivir sin ella. Sufrí demasiados abortos, muchas decepciones, tantos infructuosos tratamientos que me destrozaron por dentro.
Una de las veces incluso estuve hospitalizada a punto de morir, por una híper estimulación, me sacaron hasta dieciséis óvulos. Todo en mí siempre era tremendo, amargo y desgarrador, estaba agotada de ser yo misma, de vivir y convivir dentro de mí.
No terminaba de acostumbrarme a no verla corretear por la casa, o a esconderse para jugar al pilla-pilla, o a no escuchar sus risas con Bob Esponja o a no sentir sus manitas acariciándome y diciéndome cosas tan bonitas, como:
-“Siempre estaremos juntas, aunque papá no quiera, porque yo te cuido”-.
Siento lástima que una niña de siete años se haya dado cuenta que soy una inútil vital, soy una zombi emocional que se arrastra por la vida, mendigando amor. No fui nadie interesante, como una amiga que aportara algo, o como una esposa solícita. Como hija fui siempre ejemplar, pero hermética y como madre soy patética, no puedo enseñar a mi hija a amar todo para gozar de la vida.
No llego a conseguirlo. Siempre supe que debí entrar la última en la lista de almas que les tocaba este siglo y me asignaron el cuerpo más deplorable.
Me arrastraba por este camino vital. El frío barro terrenal me enfermaba, los miedos del ambiente me hacían temblar y me paralizaban, estaba bloqueada. No podía volver atrás, porque eso sí que era la muerte, pero asomarme al futuro me hacía palidecer de terror.
-“¿Qué me puedo esperar?”-“¿ Cómo terminará todo esto?”-
Sólo esperaba que fuera algo rápido, aséptico. No creo que abandonara mucho atrás.
Este fin de semana estuve repasando toda mi vida en bloques, buscando el tesoro de la felicidad, soy incapaz de encontrar nada que me haga sonreír. El invierno estaba siendo cruel, el frío de fuera hacía temblar mi yo de dentro. No tenía dinero, Rodrigo había conseguido quedarse con todo. Cuando estaba sola en casa, no podía permitirme poner la calefacción, prefería que Jimena no supiera lo que era la ausencia de calor. A pesar de mi alergia al frío, no encendía la calefacción y pululaba por la casa enmantada, arrastrando los pies.
Lo único bueno de todo esto es que había empezado a tener la creencia que este ambiente helado me vendría bien para congelar todos los malos rollos, los sinsabores de la vida, el odio de Rodrigo y hasta mi mente machacona.
El sábado por la noche, toqué fondo, me preparé una sopa caliente para ver si al caer rápido por dentro de mi aterido cuerpo llegaba al estómago y me reconfortaba. Me serví una copa de vino, para brindar por todo y por nada, hundiéndome en lo gélido de la tristeza.
La sopa, el vino y el frío. Ese era todo mi presente que parecía recurrente y cruel. Ya sólo podía morir, no le importaría a nadie y yo descansaría. Me desnudé y me tumbé sobre el edredón en la cama, tiritando, arrancando los pocos deseos que me quedaban de vivir, con suspiros acompañados de vaho, por lo que nunca tuve y maldiciendo lo que no quise jamás luchar.
Era en ese instante en el que tenía que decidir si quería dejar todo atrás, tirar la toalla como siempre, y regocijarme en mi masoquismo. En el dolor eterno de los inútiles. Me encontré incapaz de más, mis párpados caían y yo me iba abandonando, mi cuerpo helado parecía dormitar.
No sé qué sucedió. Me di cuenta de que quería vivir, aunque debía elegir otra forma de hacerlo. No deseaba simplemente sobrevivir.
Revuelta y compungida, me levanté, me dirigí al baño y me entregué a la ducha caliente más sanadora que jamás tuve. Me limpié por fuera, me calenté el cuerpo y purifiqué mi alma.
Al salir, tomé la aún frágil decisión de coger las riendas de mi patética vida actual y cambiar de rumbo por completo, desde dentro hacia fuera. Lo haría por mí y para mí.

Capítulo 8: MESALINA DIVINA (Memorias de una Geisha)


Echando la vista atrás, pienso que siempre fui un poco cabra loca, mis padres debieron sufrir mucho conmigo porque me asociaba a todas las causas revolucionarias que surgieran a mi alrededor y claro está, el movimiento socialista universitario encontró en mí una leal aliada.
Mi dicotomía vital, niña de familia bien, con simpatías proletarias, que en el fondo no tenía ni idea de lo que significaban, me hacían un elemento curioso para mis compañeros de partido. Hasta los dieciocho años fui una puritana y aburrida chavala. Tuve un triste novio que solo alcanzó a besarme y nunca me tocó ni una teta, ni siquiera rozando. Debió hartarse de mis idas y venidas al extranjero, de mi puritanismo y de mi poca avidez emocional, así que me abandonó. La verdad es que no me importó mucho. Entré en la universidad ávida de sensaciones y experiencias únicas, probando todo tipo de drogas, gritando en todo tipo de “manifas” y gozando de mis primeras experiencias con un chico y también con una chica. De él no me acuerdo ni del nombre, con lo importante que había sido para mí la primera vez, al final perdí mi virginidad en una fiesta-orgía en la que no logro saber quién fue el que me desfloró. Lo que sí recuerdo es el nombre de ella. Lucía era completamente gay, pero claro está, en aquella época no podía mostrarlo abiertamente. Era incapaz de enfrentarse a su homosexualidad y eso me produjo ternura y fascinación desde el principio.
Estuvimos enredando unos meses juntas. Creo que ella se enamoró profundamente, pero yo, en cambio, la utilicé en cierto modo para tener nuevas experiencias, además de poner celoso al líder de una agrupación estudiantil comunista de mi universidad, de la facultad de Económicas, que me fascinaba. Fueron tiempos convulsos en emociones, intensos en aprendizajes tanto de la vida, como académicos y desde luego muy divertidos.
El caso es que cuando acababa de volver de New York, recibí la llamada de mi amiga Lucía, diciéndome que había averiguado que yo trabajaba en una importante multinacional, leyendo un artículo sobre mí en una revista de negocios que había llegado a sus manos, no sabemos cómo, en Japón, que es donde vivía ella ahora. Había llamado a miles de sitios para averiguar mi teléfono y luego consiguió recordar el número de casa de mis padres, y ellos le proporcionaron el de mi móvil.
Me produjo mucha alegría hablar con ella, pero me pareció algo desacompasado, yo ya no era esa chica universitaria, gritona y atrevida. Sólo quedaba en mí, algo de impostura feminista, pero había crecido mucho personalmente. No es que quisiera olvidar mis años universitarios, pero los había dejado atrás. Ahora vivía mi filosofía zen, “vive el presente” y aunque fueron años interesantes, no quise mantener lazos con nadie. Por eso me dejó un poco “plof” su llamada.
Estuvimos hablando unos minutos y nos emplazamos a continuar por Skype otro día. No tengo ni idea cómo lo logró, pero tras unas cuantas llamadas me lio para ir a visitarla ese verano.
Así que allí estaba en el aeropuerto de Tokio, esperando que vinera Lucia, que apareció deslumbrante a recogerme. Había cambiado mucho, aparte de que su físico se había transformado completamente. Estaba muy atractiva, más gordita de como yo la recordaba y tenía un halo impregnado de seguridad y templanza. En cuanto la vi, me alegré de haber venido al país nipón.
Lucía tuvo unos años difíciles al terminar la carrera. Intentó salir con chicos e incluso estuvo a punto de casarse con uno de ellos, un chico de provincias bastante listo para los estudios, pero poco docto en la cama. Pronto, ella, se dio cuenta que le gustaban más las vaginas que los penes, así que intentó salir del armario, pero lo hizo tan mal que se fue a encontrar con la mujer más egoísta y manipuladora que pudo encontrar. Se la presentó una amiga que siempre sospechó que Lucía era gay y de este modo pudo confirmar que estaba en lo cierto. Pero la tal amiga que le presentó, que se llamaba Elena, además de ser muy promiscua, era terriblemente posesiva con sus novias. Como Lucía, además, era tan insegura, consiguió dominarla desde el principio.
Su primera relación lésbica resultó ser tan tóxica que empezó a tomar ansiolíticos para poder soportar la presión. Elena la seguía constantemente, la vigilaba en el trabajo, incluso la llegó a apartar de su familia. Un día que Lucía llegó tarde a casa por una cena de compañeros de trabajo, ella la estaba esperando en casa con la cara desencajada y terminaron teniendo una pelea, que acabó con un doloroso puñetazo de Elena a la pobre Lucía. Que no sabía si le dolió más el puñetazo en sí, o la humillación y vergüenza de ser maltratada. Lucía que todavía tenía un pie dentro del “closet”(del armario) como dicen los ingleses, dudó de su propia capacidad de amar, cayendo en una depresión tan grande que tuvo que dejar hasta el trabajo.
Un día su padre, que vivía en un pequeño pueblo de Segovia, preocupado por su niña, se presentó en Madrid y se la llevó con él allí, para que se repusiera. Cambió su número de teléfono para que nadie la pudiera localizar.
Pago el alquiler de dos meses del apartamento de su hija e hizo desaparecer cualquier rastro de ella por completo para que pudiera recuperarse del todo, en su pueblo de toda la vida.
Los tres meses siguientes, Lucía parecía un fantasma que pululaba por el pueblo, pálida, ojerosa y tremendamente triste, no parecía que fuera a salir de aquella depresión. Pero una mañana de otoño cuando todavía no había comenzado a hacer frío, se levantó de la cama muy animada, desayunó con sus padres y les comunicó que esa misma tarde se iría porque se encontraba mucho mejor y necesitaba enfrentarse a sus demonios. Su madre sólo acertó a decirle que el amor no entiende de géneros, pero sí de bondad y que amar no significa dañar. Lucía lloró al darse cuenta que sus padres la conocían mejor de lo que ella misma lo hacía. La dieron su bendición y algo de dinero para que pudiera volver a empezar
En lugar de volverse a Madrid, cogió el AVE a Barcelona y allí pasó unos meses buscando trabajo y aprendiendo a vivir con ella misma. Salió con algunas chicas aunque con ninguna consiguió realmente ir en serio, hasta que no conoció a Frauke, una alemana que había venido hacia unos años de Erasmus y que ya no se movió de la Ciudad Condal.
Con Frauke fue amor verdadero y sano, la sirvió para, no solo empezar a valorarse, sino para quererse un poquito más. Aceptó su sexualidad y pudo volver a empezar. La teutona trabajaba en una empresa Japonesa ubicada en Barcelona. Sin embargo se iba a trasladar de Barcelona a Madrid, debido a la inestabilidad política de Cataluña. Así que le ofrecieron o bien ir a su filial en Alemania o a su central en Japón, en el mismo Tokio, y le pidió a Lucía que se fueran juntas y ella aceptó.
La estancia de ella allí duró cinco años, tras los cuales a Frauke le volvieron ofrecer ir Alemania y lo aceptó esta vez sin consultarlo con Lucía, que decidió que ya habían exprimido su relación y que era momento de separarse. Como su trabajo, su vida y sus amigos en Japón le encantaban, prefirió quedarse y perder a Frauke. Fue una separación amistosa y con posibilidades de volver en el futuro, pero Lucía necesitaba vivir una temporada sola y seguir conociéndose un poco más.
Un día, revisando fotos del pasado, se encontró con una foto mía, se acordó del articulo y fue cuando decidió saber que había sido de mí. Ella tenía la firme convicción que yo había sido la única persona que le había ayudado durante su periodo universitario, así que decidió buscarme e invitarme a venir, sin ninguna intención romántica.
Japón me sorprendió especialmente por las “cosas raras“ de los japoneses. Obsesivos con la limpieza y el orden, aunque lo curioso es que casi no había papeleras en las calles. Con paradojas como que tienen prohibido fumar en la calle, pero sí pueden hacerlo en la mayoría de los restaurantes. O que existen muchas tiendas llamadas Lotería , que no venden eso, sino Fast foot(cómoda rápida)  japonesa.
También hay que decir que son tan respetuosos que cuando un japonés se nota enfermo lleva mascarilla (como de cirujano) para no contagiar a los demás. Pero lo que sí es una experiencia sublime son los baños, que siempre están limpísimos, algunos tienen chorros de agua caliente o fría. En algunos calientan el wáter para sentarse e incluso en otros existe la posibilidad de poner el sonido de la cisterna para evitar que se oiga cuando hacemos nuestras necesidades, cosa que yo aquí suelo hacer cuando uso un baño que no es el mío y puedo estar tirando de la cadena hasta cuatro veces, que para lo escatológico, sí soy pudorosa.
Estuvimos en Tokio, la jungla urbana, doce millones de habitantes repartidos por veintitrés barrios, llenos de rascacielos, luces de neón, pantallas gigantes de televisión, muchísima gente saliendo y entrando de las estaciones de metro. Un mundo de ciencia ficción, pero real. En esa gran urbe, no parecía que estuviera en la tierra de los ancestros milenarios de los que narraba la literatura o escenificaban tan barrocamente en el cine.
Visitamos y disfrutamos del país nipón de una manera diferente. De forma pausada intentando comprender la forma en que los japoneses ven el mundo. Paseamos y respiramos las ciudades Osaka, Nara, Shirakawago, Kyoto, Takayama, Hirosima, Nagasaki, Okinawa.
Sorprendentemente, no nos enrollamos ningún día, yo creo que ella no quería estropear lo que parecía ser su única amistad verdadera en España y era consciente que yo sólo buscaba placer en relaciones esporádicas. Por lo que todo el viaje fue muy introspectivo, quizás hasta llegué a la altura de 3.776 metros, que es lo que mide el Monte Fuji y que los japoneses, de forma metafórica, toman como referencia intentando llegar a ser tan altos como el monte, espiritualmente hablando.
Lo aguanté estoicamente, pero los últimos días comencé a notar que me picaba ahí abajo. Necesitaba algo de sexo. Soy de la creencia de que para tener cuerpo sano, necesitas mente cochina. Pero como Lucía había tomado una decisión de abstinencia, yo la respeté.
Recorrer Japón me hizo reflexionar sobre la crueldad que siempre mostraron los japoneses con los chinos y la que ellos sufrieron bajo los americanos. Caminando por el cementerio de Hiroshima, percibí los silencios de los muertos que te envuelven en un ensordecedor grito de dolor y en la ciudad de Kobe, me vino a la mente un libro que leí hacía unos años y que me impactó. Se titulaba la “Tumba de las luciérnagas” de Akiyuki Nosaka en el que de una manera desgarradora contaba a través de los ojos de dos niños que eran hermanos, las terribles consecuencias que trajeron los bombardeos americanos, llamados tormentas de fuego. La campaña americana duró cinco meses devastando más de sesenta ciudades japonesas, matando alrededor de quinientos mil civiles, hiriendo a cuatrocientos mil y produciendo cinco millones de personas sin hogar. Me dio muy mal rollo recordar eso.
Cuando estaba llegando el final del viaje, concluí que los japoneses son un pueblo fuerte, que no cree en la individualidad, sino en el concepto de familia y sobre todo en la nación. Tienen rituales y mentalidades muy tradicionales, que chocan brutalmente con sus jóvenes, pero a pesar de su tremendo pasado belicista, ahora son un pueblo pacífico.
Estando de viaje le pregunté cómo se vivía la homosexualidad en aquellas tierras, tenía curiosidad viendo lo tradicionales que eran. Lucía me explicó que en Japón la homosexualidad no es que se rechazara explícitamente sino que era algo más bien silencioso, se obviaba, era como si no se planteara el tema, y aunque no se aceptaba, en un país como éste jamás derivaría en violencia, simplemente se expresaba mediante bromas de mal gusto. No constituía un problema religioso, sino de concepto de familia clásica.
Resultó ser un viaje, trepidante, nostálgico, emocionante, profundo, seductor y me hizo reconciliarme en cierto modo con mi pasado universitario. Como decía Virginia Wolf: “El pasado sólo vuelve cuando el presente fluye tan armonioso como la superficie deslizante de un río profundo. En esos momentos encuentro una de mis mayores satisfacciones, no en el hecho de estar pensando en el pasado, sino que es entonces cuando estoy viviendo el presente más intensamente”.
El día que partía hacia Madrid, en el aeropuerto, estando a punto de embarcar, Lucía me dio un beso en los labios, muy dulce, lento, mientras deslizaba en mis manos una carta que me pidió que leyera. Era un precioso relato japonés donde la protagonista, estalló de rabia contenida, en un momento de su vida, tal y como le sucedió a ella. Aunque en el caso de la protagonista de la leyenda, Kaguya- Kime las consecuencias fueron bastante más importantes.
A veces hay que irse lejos físicamente para encontrarse con lo que siempre se halla cerca y no vemos. Tu yo más bello y genuino. Alejarte físicamente a kilómetros, te da los centímetros de corazón necesarios para que puedas llegar a amar a la persona más importante: Tú misma. Eso es lo que encontró Lucía. Su carta con ese triste relato, tambaleó mis sentimientos por ella. Realmente era mi amiga, no había nada romántico. Ella se había dado cuenta durante estos días. Lucía había aprendido a quererse a sí misma. Esa rabia contenida provocó que terminara viviendo en el país nipón y sobre todo que llegará a conocerse y amarse a sí misma.

La Princesa de la Luz Brillante (1)

Había una vez un anciano llamado Taketori-no-Okina(“anciano cortador de bambú”) que vivía con su esposa. Un día fue a una plantación de bambú para recolectar brotes. Cuidadosamente cortó el bambú y se quedó asombrado al encontrar a un precioso bebé en el interior. Era una niña. Taketori decidió recogerla y llevarla a su casa.
– Mira lo que he encontrado – dijo llorando el anciano, mientras le mostraba a la pequeña niña que encontró dentro del bambú a su esposa.
La viejita respondió:
– Ciertamente son los dioses los que nos han mandado a esta encantadora niña. Decidieron quedarse con la niña y la llamaron Kaguya-Hime (Princesa de la Luz Brillante).
La pequeña niña creció muy rápidamente y con el tiempo se volvió muy hermosa. Cuando el anciano o su esposa estaban cansados o de mal humor, sólo les bastaba con ver a la niña para sentirse bien nuevamente. Ellos vivían muy felices con KaguyaHime, a la que querían como si fuera su propia hija. Además, desde el mismo día en que había encontrado a la pequeña, siempre que Taketori cortaba un bambú encontraba oro dentro de él. Gracias a esto, pronto se hizo rico y pudo permitirse el lujo de construir una gran casa en la que vivir cómodamente con su anciana esposa.
Cuando KaguyaHime creció, se convirtió en una mujer de gran belleza, que se hizo muy famosa en todo el mundo por su elegancia y hermosura, a pesar de que el anciano no permitía que su preciosa princesa saliera de casa. Cinco príncipes llegaron a su casa para pedir la mano de Kaguya en matrimonio. Pero ella era reacia a casarse, así que les propuso a sus pretendientes varias tareas imposibles para llevar a cabo antes de conseguir casarse con ella.
A su primer pretendiente, Kaguya le encargó traer el cáliz sagrado de Buda que se encontraba en La India. Al segundo príncipe le encargó recuperar una legendaria rama hecha de plata y oro. El tercero tenía que intentar conseguir el legendario vestido del ratón de sol, que se contaba que estaba en China. Al cuarto le pidió que le trajera una joya de colores que brillaba en el cuello de un dragón. Al último príncipe, le encargó una concha preciosa que las golondrinas guardaban como un tesoro. Esto desilusionó mucho a los pretendientes, pues la princesa les había pedido objetos que nadie sabía si existían realmente. Aún así decidieron intentarlo.
Un día, llego el primer hombre y trajo la taza de Buda que la princesa había pedido, pero pronto Kaguya descubrió que no había ido realmente a la India como ella le pidió, sino que en su lugar le había traído una taza sucia de un templo cerca de Kyoto. Cuando la princesa lo vio, supo inmediatamente que ésta no era la taza de Buda.
El segundo no tenía idea de dónde podría encontrarse una rama de plata y oro, por lo que decidió ordenárselo a unos joyeros. Cuando los joyeros fabricaron la rama, él se la llevó a la princesa. Era una rama de plata y oro tan maravillosa que ella pensó que realmente se trataba de lo que había pedido y pensó que no podría escapar del matrimonio con este joven… de no ser porque los joyeros aparecieron para reclamar al pretendiente su dinero. De esta manera la princesa comprendió que esta rama no era la verdadera y por consiguiente no era lo que ella había pedido.
El tercer pretendiente, a quién se le había pedido el vestido del ratón del sol, les dio dinero a algunos comerciantes que iban a China. Ellos le trajeron una piel vistosa y le dijeron que pertenecía al ratón de sol. Se lo llevó a la princesa y ella dijo :
– Realmente es una piel muy fina. Pero la piel del ratón del sol no arde, aún cuando se tira al fuego. Probémoslo.
Y Kaguya tiró la piel en el fuego, y como era de esperar, la piel ardió.
El cuarto pretendiente era muy valiente e intentó encontrar al dragón por sí mismo. Navegó y vagó durante mucho tiempo, porque nadie sabía dónde vivía el dragón. Pero durante una jornada, fue asediado por una tormenta en la que casi pierde la vida. La tormenta le impidió seguir buscando al dragón, así que regresó a su casa. De vuelta en su hogar, se encontró muy enfermo y no pudo volver con la Princesa Kaguya.
El quinto y último de los hombres buscó en todos los nidos, y en uno de ellos pensó que había encontrado lo que la princesa le había encargado; pero al bajar tan aprisa por la escalera, se cayó y se lastimó. Ni siquiera lo que tenía en su mano era la concha que la princesa había pedido, sino una golondrina vieja y dura.
De este modo todos los pretendientes fracasaron, y ninguno podría casarse con la princesa.
Un día, el Emperador quiso conocer la extraordinaria belleza de KaguyaHime. En cuanto la vio, quedó prendado de la joven y le pidió que se casara con él y fuera a vivir a su palacio. Pero la princesa rechazó también su propuesta, diciéndole que era imposible, ya que ella no había nacido en el planeta y no podía ir con él.
Ese verano, cada vez que la princesa miraba la Luna, sus ojos se llenaban de lágrimas. Los ancianos estaban muy preocupados, pero la princesa guardaba silencio. Un día antes de la luna llena de mediados de agosto, la princesa explicó por qué estaba tan triste. Explicó que no había nacido en el planeta, sino que procedía de la Ciudad de la Luna (Tsuki no Miyako), adónde debía regresar en la próxima luna llena, y que vendrían personas a buscarla.
Los ancianos trataron de convencerla de que no partiera, pero ella contestó que debía hacerlo. Así que Taketori corrió en busca del Emperador, y le contó toda la historia. El Emperador, para evitar que la princesa Kaguya se marchara, envió a su casa una gran cantidad de soldados.
Pero en la noche de la luna llena de mediados de agosto, una intensa luz los cegó a todos y las gentes de la Ciudad de la Luna bajaron a por la princesa. Los soldados no pudieron combatir ni tratar siquiera de impedirlo, porque estaban cegados por aquella intensa luz y porque extrañamente habían perdido las ganas de luchar.
La princesa se despidió de sus padres, y les dijo que no deseaba irse, pero que tenía que hacerlo. También se despidió del Emperador por medio de una carta.
El desolado Emperador envió un ejército entero de soldados a la montaña más alta de Japón, el gran Monte Fuji. La misión era subir hasta la cima y quemar la carta que Kaguya-Hime había escrito, con la esperanza de que llegara a la ahora distante princesa.
Años después, de la Luna cayó la capa que la gente de la Ciudad de la Luna le había dado a la princesa Kaguya. Un monje, llamado Miatsu, se enteró de la historia de la princesa y fue a ver al Emperador. Le dijo que si alguna vez la luna llena aparecía más de lo debido, llevaran la capa al Monte Fuji y lo quemaran. El monje le dijo que la princesa Kaguya había recibido la carta que él había quemado, y que se encontraba molesta por no haberse podido quedar en el planeta, por lo que había decidido convertir la Tierra en un lugar como la luna. El Emperador le pidió al monje que sellara a Kaguya en un lugar del cual jamás pudiera salir.
La princesa Kaguya se enteró por medio de un susurro de un sirviente del palacio, que estaba encargado de cuidar el espejo que la mantenía cautiva del hechizo y el engaño del Emperador, así que le pidió a uno de los habitantes de la Ciudad de la Luna que hiciera que del Monte Fuji cayera fuego, lava, cenizas y gases venenosos que causaran la muerte de la región entera. Esa persona así lo hizo, y tomando la furia de la princesa como componente principal, creó el volcán (antes era nada más una montaña), no consiguiendo una erupción, debido a que la rabia de la princesa no era suficiente, por lo que tenían que esperar hasta que la ira de la princesa se acumulara y fuera la suficiente para hacer estallar al volcán.
Desde entonces las erupciones del Fuji , aunque escasas, han sido violentas, debido a la furia de KaguyaHime.(1)
Me gustó el relato, sin embargo, no pude evitar hacer una reflexión:
-“¿Por qué las mujeres en el imaginario mágico generamos todas las desgracias del mundo y somos tan tremendamente crueles con las consecuencias?” –
Fuera por donde fuera, los relatos tradicionales, siempre culpabilizaban al sexo femenino, estigmatizándonos cruelmente y perpetuando esa creencia en el imaginario social de que nosotras somos las culpables de los males. ¡Qué hastío me producía!.
Al volver a Madrid, enseñé la carta a Adriana y le conté la historia de Lucía. Lloró al pensar que mi amiga también había estado encerrada en una mente que se negaba a liberarla. Luego me dijo que le parecía precioso que hubiera podido escaparse. Las rejas de la cárcel de tu propio cuerpo se clavan lentamente durante años, produciendo heridas invisibles que únicamente pueden ser curadas con amor a ti mismo. Me pareció triste que si Adriana sabía cuál era la medicina, no se atreviera a usarla.
(1) La historia del cortador de bambú y KaguyaHime está considerada como el relato narrativo más antiguo del folklore japonés,