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Capítulo 14: ADRIANA “Tengo un email”

El zigzag del caminar vital, sorprende a menudo con llegadas y salidas de personas que estuvieron alguna vez y desean volver a interrumpir tu rutina aburrida o la caótica como era la mía en ese momento.
Elewa irrumpió por segunda vez, tres años después de conocerle en África. Apenas le recordaba físicamente. Era un hombre bastante taciturno, tímido, pero siempre miraba fijamente y sonreía. De tez muy negra, pertenecía a la etnia Kisii, su padre era un médico de cierta reputación en Kenia. Su madre había muerto en el parto de su tercer hijo, por complicaciones derivadas del ancestral rito de la ablación, que se practica todavía en demasiadas partes del mundo, a pesar de que a ella se la habían hecho de joven, algo la debieron dejar mal y a las pocas horas de dar a luz a su hija pequeña, murió. Para los Kisii la ablación confería prestigio a la mujer y aunque, en esa tribu, se realizaba siempre bajo supervisión médica, no dejaba de ser una mutilación. El padre de Elewa que estaba profundamente enamorado de su mujer, a pesar de haber sido inicialmente un matrimonio concertado, lloró desconsolado su muerte y como médico decidió emprender una lucha denodada contra esa práctica en su país. Tardó diez años en volver a casarse, con una chica muy joven, que estuvo a punto de morir por un accidente de coche en las polvorientas carreteras de Kenia y que el padre de Elewa salvó en una complicada intervención quirúrgica, que la postró durante meses en una cama del hospital. Durante ese tiempo surgió un tierno y adolescente amor en su padre, que se iba sintiendo muy solo y con cierto miedo a envejecer sin una mujer a su lado. Así que Elewa tenía dos hermanas de padre y madre y cuatro medio hermanos con la segunda esposa de su padre.
Su infancia estuvo tan marcada por la muerte de su madre por culpa de ese ritual tan aberrante y por la influencia de su padre, que decidió estudiar medicina. Por lo que cuando tenía 18 años siguió los pasos de su ascendiente y fue a la UON (Universidad de  Nairobi). Aunque era una familia adinerada, Elewa prefería ganar su propio dinero mientras estudiada, por lo que trabajaba todos los veranos y vacaciones escolares, principalmente con agencias de viajes que organizaban safaris. Hablaba perfectamente inglés porque había estudiado en un colegio británico y los idiomas se le daban bien.
En el verano del primer año de universidad conoció a Asier, que, huyendo de sus propios demonios, había deparado en estas tierras de Dios. Congeniaron desde el principio. Así que Asier enseñó español a Elewa y él, a su vez, le ayudó a hablar swajili para que pudiera desenvolverse con facilidad por allí.
Asier consiguió una especie de “contrato discontinuo” para temporadas altas con una mayorista española que organizaba safaris y estancias en el África negra, diferentes, más alternativos a los tradicionales. Elewa acompañaba a Asier en sus rutas, ganándose un dinero extra para sus gastos como guía. Aunque era tan introvertido que le costaba integrarse con los grupos de viajeros, Asier afirmó en mi viaje allí que yo había sido la primera extranjera con la que había visto a Elewa intrigado.
No le gustaban mucho los blancos, nos veía como colonialistas, sin escrúpulos que saqueaban su continente, morbosos, ignorantes y frívolos. Pero quizás mi afligida expresión le produjo, como luego confirmé, una especie de compasión íntima.
Elewa nunca había compartido con los grupos de turistas los momentos de hogueras confesionales y ebrias nocturnas. Sin embargo, con nosotros hizo una excepción. Nunca habló, sólo nos observaba.
No oí ni una sola palabra de su boca en las tres semanas que compartimos todos juntos esa extraña fraternidad africana.
El ultimo día, el de las despedidas, deslizó entre mis dedos un papel algo sucio, como si hubiera estado manoseado durante varias horas en su mano, quizás porque no se atrevía a dármelo. En la arrugada nota, sólo había escrito una dirección de correo, junto con un “por favor escríbeme”, en un perfecto castellano.
Desde ese día, llevábamos dos años mandándonos puntualmente emails mensuales, poniéndonos al día en nuestras desordenadas existencias, excepto el último año que se fueron haciendo más esporádicos. Durante todo este tiempo se había especializado en pediatría infantil en una universidad de Londres, becado por su excelente expediente y su impecable dominio de la lengua inglesa, que los británicos son tremendamente puntillosos para sus cosas. A su vuelta a Kenia, se unió a Médicos sin Fronteras, necesitaba ayudar a su pueblo y sobre todo a las niñas y niños que eran los que realmente sufrían todos los conflictos, el fanatismo, la avaricia y la indiferencia.
Una de las veces que viajaba desde Nairobi a Londres, hizo una parada rápida en Madrid y pudimos vernos en el aeropuerto unas horas, aunque a mí me parecieron minutos. En África sus ojos mostraban inteligencia, ahora gritaban entusiasmo, energía. No paró de sonreír, con esos dientes perfectos de un marfil blanco que brillaban intensamente como en los dibujos animados que salen incluso estrellas brillantes al mostrar dentadura perfecta. Me hizo sentir bien, eufórica. No quedaba nada de aquel Elewa de África, había avanzado, se había contagiado de cierta energía positiva por tener la suerte de colaborar en un bien mayor , la salud de su país. Su padre se sentiría orgulloso de que honrara a su madre de esa forma.
Dos años atrás me contó que se había apuntado a un proyecto en Somalia para concienciación de la erradicación de la práctica de la mutilación femenina, para que ninguna niña o mujer muriera por esa creencia ancestral. Y durante el último año fue desapareciendo poco a poco, con emails muy esporádicos. Pensé que su labor en Médicos sin Fronteras le absorbía mucho tiempo y no tenía tiempo de escribirme, hasta el e-mail de ese día.
Le percibí muy cambiado, más intenso que otras veces, sus frases, que antaño habían sido largas y muy descriptivas, en ese momento eran cortas y casi sin contenido. No me sentí cómoda con sus palabras. Algo le sucedía y me preocupé. Así que le envié un denso correo, poniéndole al día de mi nuevo yo, enamorada, positiva, que había superado un cáncer, a un satánico ex y una insulsa vida ya pasada. Y le invité a venir a verme para presentarle a Roberto, que estaba a punto de venirse a vivir conmigo, si su hijo mayor, al que yo no le gustaba nada, le permitía hacerlo.
Un lacónico Elewa me contestó, muchos días después, que se iba de “vacaciones mentales” a la India, había pedido que le dieran destino en Bundelkhand, la deprimida región al norte de India que pertenece al Estado de Uttar Pradesh. Necesitaba escapar, huir de su país y qué mejor forma que ir a otro conflicto algo más terrenal.
Estaba destrozado, en Somalia había conocido a una médico sudafricana, de la que se había enamorado perdidamente. Ella era su mentora en el campamento de Médicos sin Fronteras de Belet Weyne. Compartieron muchas lunas y muchos más soles. No paraban de trabajar y crearon unos lazos muy fuertes con la comunidad somalí, ayudando a combatir muchas prácticas tradicionales que maltrataban de manera sistemática a los niños y niñas de ese país. Consiguieron generar confianza entre los hombres para permitir que vinieran sus mujeres y sus hijos. Todo empezaba a encajar en su vida, adoraba su trabajo, en el que se sentía pleno y comprometido, se había enamorado por primera vez en su vida de una mujer fuerte, trabajadora, bellísima y con principios, que podría hacerle muy feliz y darle muchos hijos.
Fueron meses de tranquilidad, estabilidad y dicha. A pesar de aquello que les rodeaba, tenía esperanzas en que su país llegara a comprender lo que significaban la tolerancia y la solidaridad. Empezaba a estar orgulloso de su pueblo.
El único día que Elewa fue a la capital a recoger medicinas y otros aprovisionamientos sanitarios necesarios, el campamento sufrió un ataque del grupo terrorista Al Shabab. Mataron a niños, violaron a mujeres y a niñas. Se ensañaron con las extranjeras y mutilaron a los soldados que vigilaban el campamento de la ONG. Fue una matanza maligna, despiadada que hizo temblar a la opinión pública unos días. Sin embargo, las conciencias tienen memoria fugaz y muy selectiva. No estamos programados para sufrir permanentemente, es más fácil la cobardía de la huida.
Elewa se salvó, sin embargo odió su continente, se rebeló contra su Dios y se cubrió de un manto de escepticismo y rencor que le ahogó y sumió en una terrible tristeza. Se sintió en cierto modo culpable de no haber estado allí, cuando todo sucedió. Se odió por sobrevivir y le destrozó perder al amor de su vida.
No lo podía superar, no encontraba sentido en ayudar a su pueblo a avanzar si ellos no lo deseaban. Tomó una decisión, aunque seguiría trabajando para Médicos sin Fronteras por ella, su utópica guerrera caoba que le había cautivado con su generosidad, esfuerzo y compromiso, no podría quedarse allí en esa sucia y fanática África y tampoco podría volverse a enamorar jamás. Supo que ya no deseaba compartir ese Dios maligno que ellos preconizaban con sus compatriotas.
Necesitaba respirar, encontrar un sentido a esa entrega de unos y esa barbarie de otros. Había perdido su virginidad espiritual y, su corazón maltrecho, se desangraba lentamente, lacerando todo el cuerpo sin remedio.
Pensó en buscar consuelo y se acordó de mí, la afligida marioneta española y deseó verme antes de partir a su nuevo destino que no era más que un lugar en el que su huida física, porque la mental jamás se podría producir, le reconfortaría momentáneamente, hasta que su pena mermara por el paso inexorable del tiempo que todo lo cura, aunque deje cicatrices eternas.
Antes de su partida a la India, nos volvimos a encontrar en el aeropuerto de Madrid, no había hecho falta ir hasta allí para viajar a Nueva Delhi, pero creo que necesitaba decir un último adiós a su amiga española que había sufrido tanto en la vida, con la que seguro que encontraría algo de consuelo y aliento.
Fue muy impactante nuestro encuentro, Elewa había envejecido de repente, ya nada era jovial en él. Su preciosa profunda mirada había desaparecido. Todo en él era dolor. Vi reflejado por completo, mi yo anterior.
–“¿Era así ser un zombi emocional?”-
No pude soportarlo. Esta vez no parecían minutos sino largas horas, en las que los extensos silencios eran continuos. Las aristas de las palabras dañaban los oídos cansados de tanto sufrimiento.
En el fondo deseé no volver a verle jamás. Yo ahora era feliz y él sólo me recordaba una versión de mi yo anterior, patética y desgarradora.
Cuando su vuelo iba a salir, le abracé como si fuera un niño, agarrándole casi el corazón, estrujando lo poco que quedaba en él vivo. Estuvimos así casi diez minutos en los que ambos lloramos en silencio, él por el dolor que le había ametrallado dentro, que iba carcomiendo de pus, y yo escupiendo todo el antiguo padecimiento. Ambos sentimos que nos intercambiamos almas, sin saber si iba a ser algo temporal o para siempre. Mi viejo yo afligido, por su anterior yo risueño.
Después de eso quise olvidarle. Casi lo conseguí. No volvió a escribirme hasta unos años después. Fue un tiempo extraño en el que sucedieron tantas cosas, hubo tantos caminos andados y desandados, conocí y olvidé a tanta gente que casi no pudo reconocer esa antigua Adriana que se había transformado en esa Adriana nueva.

Capítulo 13: MESALINA DIVINA “Estado Civil”

Adriana y yo solíamos encontrarnos de vez en cuando para hablar de “vagina a vagina”, aunque para ella, fueran más bien encuentros de “Girl Scouts”.Las últimas veces, la notaba muy cambiada. Desde que había comenzado a salir con Roberto, se había trasformado, había perdido sus miedos y me preguntaba mucho sobre sexo. Yo tenía la convicción de que ella empezaba a desear probar otras cosas. A pesar de que a veces me ponía cara de mojigata, intuía que le gustaría experimentar juegos diferentes en la cama. Al principio nunca se atrevía a hablar de estas cosas conmigo, jamás había tenido este tipo de conversaciones con nadie, pero poco a poco conseguí que se fuera soltando, me convertí para ella en una especie de “Coach del sexo” .

Lo que más me agradaba de esta nueva Adriana era que todo esto, no lo estaba haciendo por dar placer a Roberto, sino para satisfacerse ella misma. Estaba aprendiendo que la vida hay que gozarla, sumergirse y bucear. Se hallaba en ese punto en el que quería perdonarse, no para sentirse mejor con su pasado, que ya no tenía solución, sino para aceptar el futuro como llegara.

Era muy feliz, lo irradiaba, hablaba mucho y atropelladamente, no de otros, como hacia antaño, sino de sí misma, en primera persona. Se iba descubriendo tal y como era. Desde fuera podría parecer extraña esta amistad, sin embargo ambas nos ofrecíamos mutuamente las dos caras de la serenidad. Ella, a mí, me proporcionaba esa visión paciente de la espontaneidad, me hacía reflexionar sobre aquello que pudiera salir mal, el plan B. Yo a ella, le aportaba la calma de la decisión tomada, no con impetuosidad, sino con espontaneidad.

Nos veíamos muy asiduamente. Estas terapias vaginales nos sentaban bien a las dos. Últimamente, nos había dado por los spas urbanos y los tratamientos corporales. Habíamos encontrado algo que a ambas nos unía y nos era gratificante.

Cuando le contaba mis aventuras, a veces se asustaba un poco, especialmente por la forma de narrarlo, se lo espetaba, sin anestesia en un lenguaje algo soez para ella, también muy descriptivo. Entonces, se hacía su imagen mental y me devolvía una sonrisa asintiendo como diciendo, “yo no lo diría así, pero me ha quedado claro”.

A ella, fue a la única que le conté lo de Joao. No fui consciente de que me había afectado tanto, hasta que pude escupir las palabras a Adriana, arrojándolas con desprecio al principio y luego arremolinadas con lágrimas. Me había costado meses poder confesárselo a alguien. Con Adriana, al recordarlo, comprobé que lo de Joao había sido algo más que perversión, me había abierto algo dentro que había permanecido sellado mucho tiempo y me sentía profundamente traicionada. Nunca podría dejar a otros elegir por mí absolutamente nada y él había cometido el único pecado que no le perdonaría jamás. Jugar sí, dominar no.

Habían pasado varios meses y yo seguía reconcomiéndome por haber llegado tan lejos. Pero como era de la idea que las cosas suceden porque tienen que suceder, intenté extraer todo lo positivo de ello.  Al remover todo por dentro, fundamentalmente mi conciencia, algunas cosas se desplazaron y ahora empezaba a percibir una tímida versión mía más estable emocionalmente.

Confesé a Adriana que me atraía un compañero de trabajo, aun siendo de la opinión que nunca hay que mezclar placer con trabajo, él me gustaba realmente. Se podría decir que era un tipo feo, que no me pegaba nada, tremendamente inteligente, excelente abogado, corredor de maratones, piloto privado y además le encantaba hacer locuras como puenting, vuelo sin motor, buceo o rafting. Todo aquello que le supusiera poner a prueba sus límites.

Vivía la aventura, siempre probando retos nuevos. En el trabajo no sabían nada de su arriesgada osadía y su ímpetu temerario. Aunque por su forma de trabajar, cualquiera lo hubiéramos podido intuir. Era atrevido y valiente con los proyectos que ponía en marcha y no se amilanaba con nadie. Ni siquiera conmigo que no tenía fama de fácil. Los hombres son contundentes, nosotras bordes. Ellos ambiciosos sanos, nosotras zorras con aspiraciones y por supuesto el carácter sólo está penalizado en las féminas. Él actuaba igual con ellos que conmigo y eso me gustaba.

Cuando le escuchaba hablar durante las pausas de los cafés de la oficina, me quedaba embelesada. Era un hombre especial, muy interesante, excepto por ese físico algo cruel. Eso sí era muy alto, como a mí me gustaban.

Me había percatado, como le comenté a Adriana, que en los últimos tiempos  me miraba de una forma diferente, algo viciosilla. Evidentemente, no era la típica mujer que ocultaba las opiniones de cualquier tema, por muy comprometido que fuera. También hacía alarde de mi feminismo impregnado de pragmatismo, que a muy pocos hombres les gustaba y menos aún les excitaba, pero a él fue lo que le llamó la atención de mí, aparte de mí físico, como luego pude comprobar.

Todos los años teníamos la convención de la empresa en sitios de los más dispares. Alejandro, era la primera vez que iba a venir, porque llevaba poco tiempo con nosotros. Todo esto me producía cierto nerviosismo, hasta ahora no me había sentido atraída por alguien del trabajo. Además después de lo de Joao, algo se rompió dentro de mi, dentro de mi voluntad, y me encontraba bastante vulnerable.

Otro gran defecto de Alejandro, salvable a futuro, es que aparte de feote, estaba casado, con una posturitas, cuyo padre era socio fundador de un importante despacho de abogados de la capital, dónde él lanzó su carrera como brillante abogado. Allí la conoció, porque ella también trabajaba de abogada laboralista, en el bufete de su padre. Se casaron muy enamorados y tuvieron tres hijos, que es lo que se llevaba en la alta sociedad.

Su mujer le dejaba que disfrutase de ese lado salvaje, durante su tiempo de ocio, si luego la acompañaba a todos sus actos sociales derivadas del status de la familia. Su acuerdo había funcionado unos años, pero él estaba en cierto modo hastiado de esa vida tan encorsetada. Por lo que abandonó el despacho y se vino a mi empresa como Director de RRHH, que había sido un cliente suyo en el bufete. Esto, había sido hacía más de un año, sin embargo yo ni me había fijado en él. Fue a raíz de una contratación que tuve que hacer en mi departamento bastante complicada y que tuvimos que desplazarnos continuamente a Málaga, por lo que pasamos algunas semanas juntos viajando y conversando, llegando a intimar algo más.

Casi al final del complejo proceso de selección, una noche que salimos a cenar para celebrarlo, al volver a nuestras respectivas habitaciones, me besó, yo no diría apasionadamente, quizás con excesiva seguridad, con una laxa entrega. El caso es que pensé que besos así, los había pocos, por lo que le invité a pasar a mi habitación. El declinó la oferta, me dijo que solo quería saborear mi boca, pero que debíamos evitar cualquier tipo de relación, para evitar susceptibilidades en la empresa. En lugar de enfadarme su negativa, me dejó bastante excitada y no pude evitar masturbarme sola en esa habitación de hotel pensando en el cara difícil de Alejandro. Me corrí mucho y bien. Aunque se me quedó mal cuerpo, porque tendría que verle en la oficina y esa sensación no me iba a ser del todo cómoda.

Adriana, para mi sorpresa, me aconsejó que en la convención, intentara intimar con él a ver si era sólo un calentón o realmente me gustaba de verdad. Me vio bastante “atontada” con Alejandro. Sin embargo, no podía permitirme bajar la guardia, tanto que pudieran hacerme daño otra vez. Los casados irremediablemente siempre me habían dado morbo, sobre todo cuando reflejaban esa mirada en su rostro desesperado de ”sálvame de mi matrimonio que me ahogo”. Me producían compasión, ternura y me excitaban terriblemente.

Aun así, yo continuaba con mis cositas existenciales. Hacía unos pocos días, había ido a solucionar unos papeles. Al cumplimentar el formulario me hizo gracia la pregunta de estado civil, que evidentemente era el de divorciada, y me dio por pensar. Si existiera también la posibilidad de responder a la pregunta del estado mental, mi respuesta sería evidentemente cachonda. Hice partícipe de estas tribulaciones a Adriana, que me reconoció que ella, ahora, estaba en esa misma situación, por lo que nos reímos mucho, con las similitudes. Estábamos en un momento de higiene mental. Cierto letargo cotidiano se estaba empezando a apoderar de nuestras vidas.