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EPÍLOGO : ALMA Tú te Reinventas, Yo me Redescubro



Adriana y yo quedamos hace unos meses antes de su partida a América Latina. Su metamorfosis no la convirtió en una bella mariposa, sino en un águila libre. Harta de tanta desdicha por la suciedad de su conciencia, se puso en contacto con Elewa, que andaba perdido por la India, sin ninguna razón para vivir y le pidió que le ayudara a entrar en Médicos sin Fronteras. Jimena se iba a estudiar a un High School en EEUU. Roberto se había marchado hacia tiempo y su ex ya no le martirizaba porque vio que ya no podría nunca más doblegarla.
Adriana no tenía ninguna razón para permanecer en España. Deseaba con todas sus fuerzas empezar de nuevo desde cero. Estoy segura que tomó la decisión sin pensarlo, con espontaneidad. Había vivido demasiadas cosas, muchas de ellas, aunque las sufrió con desgarro, la ayudaron en su transformación en lo que era ahora. Una mujer valiente, comprometida, entregada, sufridora, trabajadora, madre, con capacidad para amar y preparada para el desamor. Logró romper todos los vínculos silenciosos que le habían atenazado toda su vida. Marcó sus fronteras y amplió sus límites.
Elewa se presentó en Madrid en otoño. Él sí había cambiado, Adriana lo encontró más cínico y algo podrido por dentro. Había visto demasiada podredumbre del alma. Lo maligno le había triturado los buenos sentimientos. Al ver a Adriana en el aeropuerto, la abrazó tan fuerte que casi la ahoga. Ella era la única amiga que había conservado. Hacía tiempo que había roto los lazos fraternales con toda la gente que algún día le conoció. Para toda su familia llevaba mucho tiempo en paradero desconocido. Hubieran pensado que estaba muerto, si no fuera porque cada Navidad les enviaba un telegrama en el que les escribía:
-“Otro año más que he sobrevivido. Sed felices”.-
Pasaron unos meses juntos en Madrid antes de partir a cualquier país de América Latina que sufriera los horrores de las guerras silenciosas, la avaricia de los hombres o las catástrofes naturales que cada vez más se cebaban con los que menos tenían. Cuanto más difícil fuera la situación, más atractivo les parecía. Buscaban convulsivamente salvar al mundo. Sin embargo, siempre supe que lo que anhelaban era salvarse ellos mismos.
Que yo sepa, entre ellos no hubo nunca nada más que amistad, pero se recorrieron medio mundo siendo útiles, sintiéndose libres y especialmente dichosos de poder luchar con los bisturís, amordazar con las vendas sanadoras y destrozar todo aquello que pudiera hacer daño físico a las personas heridas.
De vez en cuando Adriana volvía Madrid a ver a su hija, hasta que Jimena encontró su propio camino en la vida y ya le bastaban las llamadas por skype para sentirse cerca de su madre y mantener los vínculos familiares.
Adriana, por fin, supo que había sido una buena madre, una mala esposa porque no era lo que ella deseaba y una buena persona que nunca se mereció aprender tan tarde a beber de la vida sin atragantarse. Comenzó a beber a sorbitos la vida, a comer los sentimientos que te ofrece la gente en pequeñas dosis. No obstante, todo el plexo de emociones que tenía dentro lo dejó fluir sin control. Dejó de reprimirse, de ponerse barreras, pudo encontrar su espíritu valiente y atrevido.
Acometió una profunda introspección que la abocó a proponerse objetivos más espirituales, que intentaría llevar a cabo, sin obsesionarse por plazos, ni especificando el cómo, simplemente dejándose llevar.
Efectuó una parada purificadora. Analizó ese pusilánime pasado en el que nunca fue realmente feliz. Percibió con una intensidad revitalizante que debía hacer un cambio radical, se había dejado llevar tanto tiempo por la situación, muchos años en los que se había arrastrado y serpenteado por su camino vital sin metas, y peor aún, sin ilusiones.
Tuvo claro que debía avanzar, evolucionar para sobrevivir dentro de su mismo yo, porque ese yo, había sido un ser triste, apagado y abandonado. Tras oscuros pensamientos y visionarias decisiones, deseó firmemente convertirse en una mejor versión de sí misma. A lo que intuyó que necesitaría de un tremendo empuje, trabajo y constancia.
Conoció hombres que le proporcionaron sexo de mayor o menor calidad, pero no se entregó a ninguno. Cada vez que alguno osaba ofrecerle cierta seguridad, los rechazaba por el simple hecho de que era eso lo que más odiaba en el mundo. Precisamente fue la razón que le había anclado y esclavizado a una mezquina vida tantos años.
Yo, por mi parte, nunca abandoné mi espíritu rebelde, continué disfrutando de las artes amatorias, especialmente las sexuales. Salí con pocos hombres desde la muerte de Alejandro, pero tuve más amores. Sobre todo cuando aprendí a amar sin sentir que me despedazaban. Pude llegar a querer con la misma intensidad que hacía el resto de las cosas de mi vida. Sin embargo, ya no sólo follaba, a veces llegué a hacer el amor. Tuve momentos de bajón emocional, aunque no volví a sufrir ninguna crisis.
Supe que no había padecido el síndrome del corazón roto por desamor, sino porque permití que me aflorara mi yo más profundo. Esa otra que permanecía oculta bajo un montón de imposturas sociales, que luchaba por esconderse, que nunca entendió que para amar hay que quererse uno primero. Que el amor no debilita, fortalece el músculo del corazón.
A veces, por las noches, cuando dormía sola, percibía que el vacío de la cama arañaba mi espalda. Me despertaba desubicada y repasaba todo lo sentido durante el día. Ese torrente de sentimientos desbordaba toda mi capacidad.
Llegados los cuarenta y cinco, sentía que no estaba conforme con la idea de volver a empezar con un yo mejorado. No porque no lo necesitara, sino porque a lo mejor, me había vuelto más vintage y deseaba recuperar una versión de mí, más clásica, más pura y más mía.
Pensaba en todo lo que me había sucedido. Desde el divorcio me había dejado llevar por el brioso caballo del destino, que galopaba sin disfrutar del paseo, que aunque tuviera sed de aventura y hambre de ser amada, no conseguía dibujar ese camino.
Me martiricé con todo lo vivido, hasta que fui consciente de que aunque volviera atrás haría exactamente lo mismo, porque así era yo, alocada, visceral, espontánea, positiva con exceso de energía que regalaba sin control. De lo único que me podía arrepentir es de no haber hallado antes ese lado romántico tan intenso en mí.
Profundicé para buscar mi yo más naif, feliz. Mi yo alegre, despreocupado, atrevido y vibrante. Para mi sorpresa lo encontré. No deseaba volver a empezar, sino retornar a ese punto en el que perdí las riendas, en el que me paré un momento porque no tenía brújula y la situación me invadió y bloqueó.
Pasados unos meses decidí que quería ser madre. El día que Jimena me agarró de la mano en una de las quedadas con su madre, esa primera vez que se dirigió a mí, me despertó la curiosidad de la maternidad. De este modo, congelé óvulos, porque, a pesar de que en ese momento no lo veía viable, no deseaba desaprovechar la posibilidad de que, en un futuro, pudiese ser posible. Me pareció en aquel momento un arrebato, pero fue una idea totalmente acertada.
Tras un par de inseminaciones, me quedé embarazada de dos niñas. A una le llamé ADRIANA que fue quien me dio el empuje para descubrir lo que había en mí y a la otra le llame como yo, ALMA.
Al final, pude encontrar la felicidad en el equilibrio vital. Formar una familia con ellas. Aprendí que mi mejor versión era yo misma con el corazón abierto. Me relajé en intensidad, sin embargo aumenté las dosis de empuje para disfrutar aún más aquello que me había sido concedido.
Según Darwin , “Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni tampoco las más inteligentes, sino las que mejor se adaptan y responden al cambio
Por fin, el secreto de la felicidad había sido encontrado, sin embargo, no era algo universal, ni genérico, cada uno guardaba uno diferente en su interior. Ambas lo habíamos logrado averiguar. Adriana se había reinventado y yo me había descubierto….

 

Nota de la autora: INFINITAS GRACIAS A TOD@S MIS LECTOR@S .

Ya he podido ver cumplido uno de mis sueños publicando mi primera novela. 

Volveremos a conectar….. FELIZ VERANO Y BUENA SALUD

TERCERA PARTE (El Nirvana) Capítulos 24 (Adriana: “vete” ) y capítulo 25 (Mesalina Divina “Vuelve”)



El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan, pero para quienes aman, el tiempo es eternidad . Willian Shakespeare (1564-1616) Escritor inglés.


ADRIANA
Vete

No sé dónde encontré la fuerza para hacer lo que hice. Me sorprendió la determinación con la que abordé la situación. Había perdido la llave de mi propia cárcel y al buscarla encontré otra forma de salir de allí.
Roberto era el mejor hombre que podría jamás conocer, pero no era el que me podía hacer a mí mejor mujer. Era la versión dulce de Rodrigo. Ambos habían tirado de mi, meneándome sin piedad, para sacar todo lo que ellos necesitaban, sin consensuar conmigo si realmente era lo que yo requería.
Quise mucho a Roberto, demasiado quizás, sin embargo opté por decirle que se fuera. A Rodrigo le dejé ir, porque nunca supe tomar decisiones y esperé a que fuera él. A Roberto le invité yo, porque había madurado, seguía bloqueándome, pero había aprendido a ser capaz de aceptar las consecuencias.
Preparando la despedida caí enferma. Estuve una semana en cama, suspirando por los momentos vividos, rompiendo los recuerdos frágiles, vomitando las palabras de consuelo y reviviendo en forma de pesadillas todas aquellas idas y venidas de Roberto a su mundo paralelo de padre resignado. Repasé todo lo bueno y lo poco malo de él. Comprendí, que la zigzigueante ruta vital hay que superarla sola, que no en soledad. Aunque realmente, dos o una multitud, no hacen que esa sensación de abandono desaparezca.
Siempre pensé que no estaba completa, que yo era un puzle que necesitaba las piezas masculinas para componerse. Quizás era en lo que me había convertido durante demasiado tiempo. Ahora era un lego que podía transformarse en cualquier cosa, crecer hacia arriba, para tocar mejor el cielo de la omnipresencia, expandirse a los lados para abarcar más superficie de emociones o construir laberintos en los que dejar corretear mis pensamientos.
Al percibir la verdad tan de cerca, tan real, observé que todo lo demás parecía mentira. Estuve años deleitándome con momentos románticos, siempre acompañada. Había llegado el momento de continuar sola.
Fue extraño cómo todo se iba desinflando imperceptiblemente. El huracán de la pasión inicial. Se trasformó en un viento suave, luego en una brisa cálida y, sin apenas fuerza para terminar, en una calma que asustaba. No se movían ni los árboles del amor pasado, ni las aguas del cariño que otrora fueron cataratas sin control.
Fueron tiempos de paz no buscada, pero si hallada, que nos permitieron madurar lo que hubiera sido esa historia de amor en los años venideros. Se abortó la misión. Las partes implicadas, no lo estaban tanto. Murió despacio. Se diluyó muy lentamente. Ninguno fuimos conscientes realmente hasta que yo di el paso.
Roberto se lo tomó con calma. Sinceramente, se lo esperaba. Yo llevaba un tiempo huidiza, serena y mi rostro estaba descansado con sinuosas sonrisas de desidia. Él me conocía tan bien… Hacía tiempo que se había dado cuenta que ya no le necesitaba. Deseaba avanzar y él formaba parte de mi problema, era un obstáculo.
La tarde que hablé con Roberto, lloramos mucho, igual que el primer día que nos conocimos. Estuvimos contemplándonos, acariciándonos, sintiéndonos, completamente embelesados. Aquel que fue amor al primer tecleo y enamoramiento a segunda vista se había fundido en la nebulosa de nuestras vidas. Nos reímos a carcajadas histriónicas de los momentos torpes de ambos, nos mantuvimos en silencio cuando recordamos nuestro sexo rebosante de dulces pensamientos, atrevidas ideas y espasmódicos movimientos al unísono.
No volvimos a vernos jamás, sabíamos que hubiéramos vuelto sin haber resuelto lo que fluía entre nosotros, por el simple hecho de que nos amábamos de verdad. Sin embargo, el amor no es siempre suficiente y eso era lo que nos había sucedido.
A veces enviaba algún email para que supiera que todo iba bien en su vida. Se había vuelto a casar y había tenido una niña que adoraba. Aunque supo que la vida que él creía idílica no era lo que ahora vivía, también supo que conmigo tampoco lo hubiera conseguido. Logró poner en su sitio a su hijo mayor, pero fue demasiado tarde.
Sinceramente dudo que todo esto le diera verdaderamente la felicidad, porque sabía que aún me amaba, sin embargo era su elección. La mía era estar por un tiempo sin hombres. Aprender a vivir sola, tomar decisiones arriesgadas, a pesar de que me provocaran nauseas de vértigo. Habría que superar los obstáculos que el azar siempre lanza.
Me sentía plena, había avanzado, ahora podría retomar un nuevo camino, aquel que me deparase ese ambiguo destino, que en otro tiempo pensé que era cruel.

MESALINA DIVINA
Vuelve

Estuvimos meses evitándonos. No fue complicado, porque tuve que viajar a las otras delegaciones por la implantación de un proyecto nuevo y aproveché para alargar las estancias con excusas peregrinas que parecieron creíbles. Nadie cuestionó absolutamente nada.
No supe si él lo pasó tan mal como yo, ni siquiera si me echaba de menos o si había encontrado otro cuerpo del que gozar, además del de su mujer. Fueron días complicados, en los que empecé a arrastrar una tristeza difícil de describir. No era como la eterna y pesarosa aflicción de Adriana, que le envolvía todo su ser y escupía negatividad. En mí, se disipaba e iba y venía según su antojo. Quizás sólo mis ojos mostraban esa nebulosa taciturna.
Trabajé y trabajé hasta desfallecer, caía exhausta en la cama. Las primeras horas conseguía conciliar el sueño, sin embargo, cuando sólo habían pasado tres o cuatro horas, me desvelaba y empezaba a darle vueltas a todo, lo que me producía un tonto insomnio que no servía para nada, porque mi estado de concentración disminuía de tal manera que lo único que podía hacer era revolver pensamientos recurrentes sobre él. Había llegado a ese punto en el que te preguntas si compensó verdaderamente lo vivido, por todo lo que posteriormente había sufrido. Y me di cuenta que si al menos él se hubiera enamorado de mí, quizás habría valido la pena.
Todos esos viajes, comer fuera en restaurantes interesantes, las idas y venidas a mi cuco apartamento. Me enseñaron a ser un poco más trotamundos, a no sentirme atada a nada material y tampoco a nadie que me pudiera hacer daño, por no corresponderme con amor.
Durante este tiempo únicamente vi un par de veces más a Adriana. Ella empezaba a dudar de su relación con Roberto. Tanta congoja se me hacía insoportable. Yo la quería mucho, pero me quería aún más a mí, no de una forma egoísta. Si no deseaba enfermar, debía apartarme de todo lo que fuera pernicioso para mí y ella no me ayudaba.
Sería mayo, yo estaba en Valencia, había empezado a cogerme destinos playeros para poder aprovechar y quedarme los fines de semana relajándome junto al mar. Durante la semana, sólo tenía tiempo de salir a cenar en algún restaurante a pie de playa y a veces quedaba con algún chico a través de Meetic, que al menos cumpliera con mis deseos carnales. Para ser sincera, fue un tiempo de bastante bullicio vaginal. Sin embargo, no puedo decir que estuviera satisfecha y mucho menos feliz.
Cuerpos jóvenes o más maduros, ansias de orgasmos rápidos, sucios. Sexo incongruente que quizás mejoraba mi cutis, pero no mi alma. Sabía que si continuaba así podría enfermar no de amor, o desamor, sino simplemente de incapacidad de ser amada.
Eran las siete de la tarde cuando entró esa llamada, que jamás podré olvidar. Me explotó en los oídos y arrasó todo mi interior con su onda expansiva. Olga, la mujer de Alejandro, me llamaba porque él la había hablado de mí..
Alejandro tenía un tumor cerebral. Se lo descubrieron por un desmayo que desembocó en una visita a urgencias. No volvió a salir del hospital. Estaba tan agarrado a esa mente tan inteligente y se había expandido de tal forma, con tanta ansiedad a su cuerpo, que era casi imposible arrancarlo. Ni con mordiscos de bisturí. Cuando lo descubrieron, ya no había nada por hacer. Le iban a operar pero quizás no saldría con vida.
Todo fue demasiado rápido. Su mujer no pudo o no supo reaccionar con entereza y se derrumbó. Alejandro demasiado asustado y excesivamente agotado, tuvo que ponerse al frente de una situación casi hilarante por cómo se desarrollaba. Se encargó de organizar a sus padres, sus suegros y preparar a los niños para lo que trágicamente iba a suceder.
Ahora revisando mis huidizos recuerdos de esos días, encuentro una profunda muestra de amor por su mujer y especialmente por mí. Le dio tiempo a confesar su aventura conmigo y más allá de negarla o banalizarla le confesó a su mujer que nos amaba a ambas. Yo le complementaba y ella le compenetraba. Le dijo balbuceando entre lágrimas que había tenido la suerte de haber conocido a las dos mujeres más maravillosas que pudieran existir.
Quien conociera a Alejandro y ella sí lo conocía, sabría que eso era amor puro. Le habló de mí y lo que había descubierto de sí mismo en los últimos meses, no olvidó un detalle, una palabra entregada, ni un beso lanzado. Lloraron juntos. Sin embargo, ella supo que él le estaba entregando la única parte íntima que no hubiera podido poseer, sino hubiera sido porque realmente la quería.
La llamada era de Olga. Él no se lo había pedido, pero ella quería que yo estuviera para despedirme de él. Tomé apresuradamente un avión y fui directa al hospital de la Paz. Cuando llegué a la habitación, Alejandro estaba entubado y relajado, rodeado de gente que le quería. Olga pidió a todos que salieran de la habitación para dejarnos a solas unos minutos. Al preguntarle quien era yo, con toda la serenidad y entereza del mundo, dijo:
-“El otro gran amor de Alejandro”-
y salieron de la habitación con cierta solemnidad y un silencio incómodo.
Creo que fue el peor momento de mi vida, le abracé como pude, sorteando la maraña de tubos enredados a lo largo de su musculado cuerpo. No conseguí llorar. Tenía todas las lágrimas del mundo esperando poder salir, como el agua retenida de una presa, sin embargo no podía liberarlas. Me bullía la cabeza, la sangre recorría mis venas de forma pesarosa y sentía su latir. Me temblaban las manos convulsivamente. No hice, ni dije nada. No pude siquiera llorarle.
A los pocos minutos entró Olga y me abrazó con un cariño del amor compartido y con una mirada de recelo por todas esas mentiras ocultadas. Pensé que era una gran mujer y comprendí perfectamente el que Alejandro no la abandonara por alguien como Yo. Nunca hubiera podido ofrecerle ese remanso, esa confianza, esa seguridad y esa sonrisa de aquella que te espera para prepararte la vida .
Me fui mareada del hospital. Al llegar a casa encendí una vela en el salón y en voz alta intenté contactar con mi fantasma encadenado. Ese que el viejo brujo africano me había dicho que llevaba junto a mí. Porque por fin había entendido que debía dejarle partir en tranquilidad. No sabía quién podía ser, sin embargo, si había estado tanto tiempo junto a mí y necesitaba mi perdón, se lo tenía que entregar. Me redimí de todo aquello que hubiera podido hacer mal, no de mis libidinosos pecados, porque esos son placeres que no duelen a los demás. Sino de todo aquello que había podido producir daño en otros, aunque lo hubiera hecho inconscientemente. Me sentí muy triste, pero también muy libre.
Esa noche, Alejandro murió sin saber que las dos habíamos estado allí, compartiendo la pena de un hombre que nos quiso por igual pero de diferente manera.
Comprendí la frase que el personaje de Nick Nolte (Tom Wingo) le dice a Barbra Streisand (Susan Lowenstein), cuando ella le pregunta
– “¿Por qué vuelves con tu mujer, es que la quieres más?”-
A lo que él le responde:
– “No, pero a ella la quiero desde hace más tiempo”-
Esa frase, en lugar de entristecerme, me reafirmó, le amé aún más y mejor. Fui consciente de que él también había sufrido un amor irreverente y alocado que le dio mucho impulso y vitalidad. Estaba acostumbrado a las emociones fuertes y desde luego, lo que habíamos tenido lo había sido. Olga, en cambio, siempre sería su guarida, su protectora, cuidadora, la madre de sus hijos y aquella que le aportaba ese gancho de seguridad, además de proporcionarle el equilibrio necesario para combatir sus impulsos y cumplir con sus obligaciones.
Tardé algún tiempo en volver a ser yo. Quizás, desde mi divorcio, realmente había sido una versión muy frívola y hedonista de un yo versionado a trompicones. No deseaba volver a ese punto y empezar de nuevo, sino pararme y comenzar a pensar en el siguiente paso, de la misma forma que siempre lo había hecho, despreocupada. Sin embargo, sí que aseguraría que esas pisadas, una tras otra, fueran hacia la dirección adecuada para no estar volviendo hacia atrás o pidiéndome perdón a mí misma o a otros que pudieran seguirme por las equivocaciones.
Creo que no superé la muerte de Alejandro, porque significó el fallecimiento de mi lado más banal que había estado cultivando en los últimos tiempos.
Reconocí en mí, actitudes parecidas a Adriana. Incluso cultivé cierta compasión masoquista. En el fondo no deseaba volver al punto de partida de mi divorcio, pero tampoco al día que él desapareció de nuestras vidas.
La muerte de Alejandro no mató algo dentro de mí, hizo resurgir todo aquello bueno que yo tenía. Especialmente las ganas de vivir y disfrutar. También supe que volvería a amar. Había sido capaz de hacerlo y eso sólo podía significar que había un corazón que latía a ese son que siempre me había parecido cursi y liviano.
Era paradójico que aquello de lo que había huido tanto tiempo, fuera justo lo que me había hecho darme cuenta que no podría vivir sin ello. No deseaba ataduras, sin embargo este tipo de anhelos no pertenecen al libre albedrío. No podría cerrar todas las llaves de mi cuerpo para no sentir dolor o sufrir. No podría aguantar toda una vida sólo con placer. No era eso realmente lo que yo había estado buscando.
El amor, no es sólo lo que hay entre dos personas de forma carnal, es algo que nos perpetuará porque es nuestro motor, que se impregna en aquellas personas que queremos sea de una forma u otra. Descubrí que todo lo que se tiene dentro se puede compartir y gozar. Aprendí que podría amar parejas, familia e hijos. Todo se organizó dentro de mi cabeza y con un cuaderno de bitácoras me lancé al mar de la vida. Tomando como referencia el horizonte, pero sin pensar en mi destino.